26 dic. 2008

Stand by me

"Stand by me" es una de esas canciones que cuenta con infinidad de versiones. Ben E. King la popularizó en los años 60, después de adaptarla de una versión gospel de 1955. Antes la había cantado Elvis Presley. También la versionó John Lennon más tarde. Y aún más tarde también lo hizo U2.

Ahora mismo es uno de los hits que más suenan en internet. Se trata de una versión interpretada por músicos callejeros de todo el mundo, desde Nueva Orleans a Moscú, pasando por Barcelona, Holanda, Pisa, Caracas y bastantes ciudades más.

No está nada mal. Particularmente, es una canción que siempre me ha dado muy buen rollo. Pero en esas fechas, más. Y en esta versión, aún más.



24 dic. 2008

Visiting London (y III)

El lunes15, día de mi cumpleaños, era el último día de la escapada, pero si se planificaba bien podía ser un día bien aprovechado, porque nuestro avión no salía de Gatwick hasta las 18:20.

Nos levantamos muy pronto, hicimos las maletas y dejamos el hotel. Y sufrimos en propia piel (y maletas) la diferencia entre subir a un metro en fin de semana y hacerlo en plena hora punta de un lunes laborable. Encima, nos equivocamos de línea de metro y para ir a Victoria Station tuvimos que bajar del metro equivocado y dejar pasar unos cuantos convoyes que iban atestadísimos en dirección contraria.

Dejamos las maletas en Victoria Station (que te las guarden cuesta 6,50 libras y, la verdad, está súper bien).
Nos habíamos reservado el último día para ver el Big Ben, el Parlamento y la Abadía de Westminster. Y para allá fuimos. Yo nunca había entrado en la Abadía de Westminster y lo hice esta vez. Impresionante. Enorme. Majestuosa. Llena de historia (es cuanto menos curioso encontrarse la tumba de Isabel I de Inglaterra junto a la de su prima María de Escocia, a la que ella había hecho matar).

Westminster Abbey. El día era gris, gris, gris. Y frío.

A las 11 había reservado por internet hora para subir al London Eye, con la esperanza que hiciera un día espectacular que permitiera ver vistas impresionantes. Pero no. De todas formas, subimos igual. Y, a pesar de no poder más allá de donde las nubes bajas y la niebla nos permitía, valió mucho la pena. Claro, yo estaba liadísima con mi cámara nueva (de julio).

Vista desde el London Eye.

Al bajar, tomamos el primer té del día y fuimos hacia la National Gallery. La visitamos bastante rápido y fuimos directamente hacia los cuadros que queríamos ver (cuando la pareja de una es licenciado en Historia del Arte, es lo que toca). Después cruzamos Trafalgar Square y fuimos a comer algo rápido. Trafalgar Square, con la National Gallery al fondo.

Nos faltaba aún acercarnos a Buckingham Palace, y lo hicimos cruzando The Mall. Fue en esta última media hora cuando vimos el sol por primera vez en tres días.

Buckingham Palace.

A les 15.30 estábamos ya en Victoria Station, con nuestras maletas recuperadas, sentados en el tren que nos llevaría de nuevo al aeropuerto de Gatwick. Fin de la escapada. Cansadísimos, pero con ganas de volver, revisitar sitios más detenidamente y visitar los que no tuvimos tiempo. Of course.
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Editado para desearos ¡FELICES FIESTAS!

22 dic. 2008

Visiting London (II)

El domingo despertó sin lluvia pero con niebla que terminaría siendo sustituida por nubes que no nos abandonarían en todo el día. Mejor eso que la lluvia, evidentemente.


Casi "typical english breakfast" (faltó el bacon y las beans). Una buena manera de empezar el día...


Yo quería ver el museo de Sherlock Holmes. Está en Baker Street, la calle en la que Arthur Conan Doyle situó la residencia del detective. Y me encantó. Han reconstruido a la perfección la vivienda del detective, y el ambiente que han creado, con objetos de su época, y las reproducciones de algunos de los personajes de sus casos más célebres hacen que sea una visita muy especial para sus fans (y me incluyo). Me quedó pendiente el museo dedicado a Charles Dickens. Otra vez será.

Sala en la que Mr. Sherlock Holmes atiende sus visitas.
 
Después tocó ir a visitar la Torre de Londres. Y el Puente de la Torre. Descansar un rato tomando otro té. Y caminar cerca del Támesis. Y descubrir un centro comercial que estaba abierto (y aprovechar para comprar varios guantes muy chulos, para mí, para mi hermana y para mis sobrinitas). Y comer fish&chips, que apetecían un rato largo, aunque fueron mucho más buenas las chips que el fish
El Puente de la Torre (Tower Bridge). El día estaba bastante-muy-mucho gris. El barco, de proporciones colosales, alberga un Museo de la Guerra.

Por la tarde, ya de noche, de hecho (y eso que eran sólo las 4), visitamos The Globe, el teatro de madera que se reconstruyó tal y como eran en tiempos de William Shakespeare (y que es el que sale en “Shakespeare in love”). Evidentemente, las funciones se representan sólo cuando hace “buen tiempo” (creo recordar que la guía nos dijo que era de abril a octubre). En platea caben unas 600 personas (de pie), que pagan sólo 5 libras… pero es que están de pie, bastante apretujadas y cuando llueve se mojan (no pueden abrir el paraguas). Es realmente curioso.
Dentre de The Globe.

Justo al lado del teatro hay la Tate Modern, y allí nos encaminamos. El edificio es sorprendente. Lo que más, la sala de turbinas. Estuvimos poco rato. Estaban a punto de cerrar.

Saliendo de la Tate, cruzamos el Puente del Milenio y nos dirigimos a la Saint Paul’s Cathedral. La intención era verla sólo desde fuera, porque según las guías estaba ya cerrada (y su entrada cuesta 12 libras por persona). Pero no. Estaba abierta, y estaban a punto de celebrar un servicio religioso. Así que entramos y nos sentamos un ratito de gratis. Es impresionante, muy majestuosa.
Cúpula de Saint Paul's Cathedral

Cuando salimos decidimos aprovechar la Travelcard diaria, y subimos a unos cuantos autobuses de dos pisos y, desde arriba, aprovechamos para mirar la ciudad.

Cenamos a un restaurante italiano, al lado del hotel. Buenísimo y relativamente bien de precio. Vuelta al hotel y fin del segundo día.

19 dic. 2008

Visiting London (I)

omo que lo prometido es deuda (y, además, me apetece), aquí viene el post sobre la escapada londinense de la pasada semana. Lo estructuraré en tres partes, una para cada día. Así será más fácil de leer y algo más coherente y estructurado.

La verdad es que fueron 3 días muy intensos, aprovechados al máximo y de no parar. Marchábamos el viernes por la noche. Barcelona – Gatwick con EasyJet. Después de pasar el control de pasaportes (British are different, of course), pillamos el Gatwick Express y en media horita nos plantamos en Victoria Station. Se notaba en el ambiente que era noche de cenas de trabajo: chicas muy poco vestidas, con tacones altísimos y botas ugg de repuesto en el bolso que se ponían mientras esperaban su tren, y chicos borrachísimos, a los que se les caía –y rompía- el móvil y enseñaban medio culo al agacharse para intentar recogerlo y caer en la acera. Estaba medio lloviendo y hacía muchísimo frío.

Cogimos el autobús que nos llevó al hotel. Del hotel no quiero hablar. Estaba limpio, que ya es algo, y muy céntrico, a 2 minutos a pie de la estación de Paddington. Pero era el típico hotel inglés de 3 estrellas que es como 1 estrella nuestra. Lo que está claro es que se tiene lo que se paga, así que… mejor no quejarse.

El sábado nos levantamos temprano. Había mucho por ver. Y llovía. Llovió todo el santo día, sin parar. Muy british, el tiempo, claro. El paseo por Hyde Park ya decidimos no hacerlo (tres veces que he estado en Londres y en ninguna de ellas me ha dado tiempo de pisarlo). Pero el mercadillo de Notting Hill, ya lloviera, nevara o hiciera el tiempo que le diera la gana, era impepinable. A mí me encantó. Pero tuve una sobredosis, de ésas que acostumbro a tener cuando hay tanto para ver, tanto para comprar, tanto para tocar… y ninguna posibilidad de volver al cabo de unos días para quedarme lo que, por aquel entonces, ya sé qué quiero. Resultado: me quedo sin nada porque no sé qué escoger cuando es el momento. Acabó por caer el primer té del día.



 Notting Hill

Después yo quería ir a Temple, que es un mini-barrio que había sido de los templarios. Pero era fin de semana, las posibles entradas a las callejuelas estaban cerradas y si había acceso por algún otro sitio no supimos encontrarlo. Total, nos fuimos andando hasta el Covent Garden. Para llegar tuvimos que patearnos la City enterita, el centro financiero de la ciudad, y era alucinante: sábado, calles vacías, muy poca gente, muy pocos coches, muchas tiendas cerradas… Imagino que entre semana el ambiente debe ser totalmente distinto.

Vestiditos de niña, en Covent Garden.
Por la tarde, después de comer (por cierto, vale, que Londres es caro, pero se pueden encontrar sitios en los que se come bien por un precio razonable), fuimos al British Museum. Por fin, un rato a cubierto, sin lluvia ni frío. Estuvimos un par de horas y vimos sólo 4 cosas contadas, pero son las que queríamos ver (piedra Rosetta, Partenón, Egipto, Mesopotamia…).
Dentro del British.
Ya era negra noche cuando salimos (también cuando entramos, de hecho). Y llovía, cómo no. A pie hasta Piccadilly Circus. Y luego a mirar tiendas por Regent Street. Sólo mirar. Y seguir pateando. Hasta Trafalgar Square. Y parar un rato a tomar algo. Y seguir pateando. Y cenar a una hora inglesa decente. Y pretender seguir pateando, hasta el Big Ben. Y seguir lloviendo. Y, de repente, llover más fuerte. Y calarme. Y cabrearme con el maldito tiempo inglés y con las cremalleras de las botas que acaban por dejar entrar el agua, aunque hayan aguantado más de 12 horas. Y plantarme y decir basta. Con los pies mojados y doloridos yo era incapaz de ir a ningún sitio más. Vuelta al hotel.

Piccadilly Circus, mirando a Regent Street.

17 dic. 2008

Malas jugadas

Hay veces en que la vida se ensaña de forma especial con alguien. Y ese alguien se convierte en el protagonista de una broma de muy mal gusto a la que no sabe ni puede afrontarse. Es el caso de Henry Molaison, conocido en el ámbito médico como HM, que murió la semana pasada a los 82 años de edad.

Más de 50 de esos 82 años los vivió en un constante presente, sin recordar qué había sucedido sólo unos momentos antes. HM era un niño normal hasta los 9 años. A esa edad tuvo un accidente mientras iba en bicicleta. Perdió el conocimiento durante unos minutos y al despertar ya no era el mismo. Desde aquel día tuvo virulentos ataques de epilepsia que hicieron que peregrinara de médico en médico durante los 15 años siguientes, buscando algún remedio a su enfermedad. Hasta que un neurocirujano decidió operarle. Y sí, HM despertó de la operación sin epilepsia. Y sin parte de su hipocampo, que es la parte del cerebro encargada de almacenar recuerdos. Sirva en descarga del médico que por aquel entonces todo eso no se sabía.

A partir de aquel momento HM vivió en un eterno presente, incapaz de recordar qué había leído hacía sólo unos segundos; paseando por la misma calle día sí y día también, siendo siempre la primera vez para él; con las mismas dudas y las mismas respuestas que a los pocos segundos había olvidado. No le quedaba otra, y consintió en vivir gran parte de su vida en clínicas en las que su caso era estudiado. Se aprendía del cerebro, de los distintos tipos de memoria y de los recuerdos gracias a su desgraciada existencia. En todos los estudios científicos en los que tomaba parte era citado por sus iniciales, HM, y así es como alguien sin recuerdos pasará a ser recordado.

Leí esta noticia en El Periódico la semana pasada. Y me resultó sorprendente. Porque había oído/leído algo al respecto hace tiempo, pero lo creí imposible y lo atribuí a una leyenda urbana. Además, hay una película protagonizada por Drew Barrymore y Adam Sandler ("50 primeras citas") en que le sucede algo parecido: la chica pierde la memoria y sólo es capaz de recordar lo que le sucede durante un día. Al día siguiente todo empieza de nuevo para ella, con ningún recuerdo. Su novio tienen que conseguir una cita con ella cada día y enamorarla cada día. Y al día siguiente, volver a empezar. Suena tan tremendamente increíble...

Pero el pobre Henry Molaison vivió así durante casi 60 años. Realmente, si existe Dios, ahora es el momento de HM para pedirle explicaciones.

10 dic. 2008

Una espinita (des)clavada

Hay cosas que cuando se me meten en la cabeza no tengo modo humano de sacármelas. Allí están y siguen y siguen estando. Y no se van.

Hacía tiempo (un par de meses) que pensaba que “no tengo ninguna parka negra combinable con todo y algo más larga que mi abrigo”. Pero por algo uno de mis ídolos literarios (y cinematográficos) es Scarlett O’Hara. También he adoptado como mío su "leit motiv": “Ya pensaré en ello mañana”. Y claro, el mañana se convierte en pasado mañana, y el pasado mañana en la semana que viene. Y entre una cosa y otra pasan los días y tengo la misma idea entre ceja y ceja por hacer.

Total, que un viernes por la tarde de hace dos semanas me puse a buscar mi parka negra. “Buscar” tampoco es la palabra, porque yo tenía muy claro que no pensaba gastarme más de 55 euros (5 arriba o 5 abajo) en la parka, así que el territorio de búsqueda quedó muy acotado enseguida: H&M y Promod.

En H&M tenían una, muy rollo saco, pero bastante parecida a la que buscaba (es que una parka negra no da para muchas alegrías, es una pura, simple y llana parka negra). Pero iba con mi hermana y no dejó que me la probara (Sudokera, ya te vale). Pensé que “iré luego, cuando ella no esté”, pero se me hizo tarde y lo dejé. La de Promod sí que me dejó probarla, pero me hizo dudar (“con un jersey grueso te irá estrecha”) y no la compré. Evidentemente, llegué a casa pensando “tía, eres idiota. Cuando vuelvas no habrá ninguna”. Ésa es una de las Leyes de Murphy, y todo el mundo sabe (porque lo ha sufrido en carne propia) que se cumplen.

El sábado volví al Promod (de hecho fui a 2 tiendas distintas) y, efectivamente, la Ley de Murphy había seguido su curso inexorable. No había parka negra, ni en mi supuesta talla ni en ninguna otra, como si yo la hubiera soñado y nunca hubiera estado colgada de ninguna percha.

Visto lo visto, fui al H&M. Y sí, había la parka que mi hermana no me había dejado probar el día antes. Sólo una (en plan, “cógeme, que si no te arrepentirás”). Me la probé. Y bueno… no estaba mal. Era algo similar a lo que yo quería. Así que me la compré, y mientras pagaba pensaba “jo, me gustaba más la otra del Promod”.

Así que cuando llegué a casa me conecté a Internet y entré a la tienda online de Promod. Y allí estaba la parka. Así que… me la compré. Tenían que mandármela a casa en “5 días laborables”. Pero, claro, entre puentes, sábados y domingos y que yo no puedo estar en casa un día entre semana a las 10 de la mañana (que más quisiera), no me ha llegado hasta hoy.

Hace un rato he ido a buscar mi paquete a la oficina de Correos. Y al llegar a casa lo he abierto. Y sí, mi otra parka allí estaba, súper bien empaquetadita y con olor a nueva.

En un principio tenía la intención de colgar fotos de las 2 parkas y pedir consejo sobre cuál quedarme (¡nunca me ha pasado por la cabeza quedarme con las dos!). Pero no hace falta. Porque ha sido probarme primero una y luego la otra y de nuevo la primera, y decidir que me queda infinitamente mejor la de Promod. Es más ceñidita, está mejor hecha, no es tan rollo saco, no pilla pelusas, me gusta más y me queda mejor. Además, es más barata. Me confundí a la hora de hacer el pedido online y como que las tallas francesas son distintas de las españolas pedí sin querer una talla más. Y me queda mucho mejor que la que me había probado en la tienda. Así que mañana… voy a devolver la otra (sí, no se ha cumplido otra de las Leyes de Murphy, la que dice que siempre que necesitas un tiquet de compra no lo encontrarás. Estaba bien guardadito, en “su” sitio, ése que sólo reservo para posibles compras a devolver).

Y pobre del que me diga que esta ha sido una compra (más) compulsiva de las mías. ¡Porque ha sido tremendamente meditada!

La parka es ésa (ya sé, no tiene ningún secreto, pero después de lo que me ha costado tenerla es mía, mía, mía y sólo mía).

5 dic. 2008

Rosquillas de anís

A principios de esta semana ya comenté que mi plan para el viernes por la tarde era hacer las rosquillas de anís de una compañera de trabajo que nos trae de vez en cuando y que están deliciosas. Después de mucho pedirla, hace unas semanas nos pasó la receta. Había comprado la botella de Anís del Mono, que era lo único que me faltaba, y estaba muy muy muy concienciada que de esta tarde no pasaba. Y no ha pasado, claro.

Ingredientes:

3 huevos
3 cucharadas de azúcar
3 cucharadas de anís
3 cucharades de aceite de oliva
3 cucharadas de leche
Zumo de un limón y su piel rallada
Harina blanca
2 sobres de levadura Royal

- Se montan las claras de los huevos a punto de nieve.

- En otro bol se ponen las yemas. Y se van mezclando con el azúcar, el anís, aceite, leche, zumo de limón y piel rallada. Cuando esté, se añaden las claras montadas a punto de nieve, la levadura y la harina. Se va añadiendo harina y se mezcla con los demás ingredientes con un tenedor hasta que quede una masa.

Nota: la cuchara utilizada para medir es la de sopa. De harina se añade la que se necesite para que quede una masa compacta (al no tener la medida me he asustado un poco, porque iba echando y echando y seguía faltando. Pero cuando está en su punto, se nota).

- Se mojan las puntas de los dedos con aceite (eso es en la receta de mi compañera; yo lo he probado y me va mejor con las manos embadurnadas de harina, como siempre hago) y se va cogiendo parte de la masa para hacer las rosquillas. Se hace un churro y luego se dobla por las puntas.

- Finalmente se fríen en abundante aceite que no esté demasiado caliente. Se pasan por azúcar y ¡listas!
Ya las he probado y están ¡buenísimas!

3 dic. 2008

Panteras negras

No se sabe en qué pensó el fundador de la empresa cuando decidió llamarla “Panteras negras”. Pero así se quedó. Con el paso de los años aquella empresa que en sus inicios sólo se dedicaba a hacer mudanzas con un camión más bien destartalado fue creciendo. El primer camión fue jubilado y se sustituyó por una flota mucho más moderna. La empresa creció y empezaron a realizar mudanzas internacionales.

El negocio familiar pasó del padre a los hijos. Y estaba ya a punto de pasar a manos de las hijas del primogénito. Tenían grandes ideas: querían diversificar el negocio, tocar muchas más teclas, ser mucho más vistas y conocidas. No eran ni sigilosas, ni cuidadosas ni especialmente listas y sagaces, pero creían que con ellas “Panteras negras” iba a funcionar mejor que nunca.

Rosa y Marta eran dos hermanas, gemelas. Habían nacido y crecido entre algodones, pero la belleza no las había acompañado nunca, ni de pequeñas. Demasiado lloronas y demasiado consentidas. Sólo tenían que pedir o tender la mano y el objeto que deseaban pasaba a ser suyo. Ya de pequeñas, demostraron día tras otro que eran pequeñas déspotas, pero las rabietas infantiles se les perdonaron, porque hacían gracia. Ahora, de mayores, seguían siendo déspotas, y también volubles, caprichosas e irascibles y ya no hacían gracia. Su padre quería ya jubilarse y ellas, tal y como siempre habían sabido, llevarían el negocio. Dar órdenes e imponer su voluntad se les había dado bien siempre. Trabajar ya era cosa de otros.

Llegó el día en que iban a tomar las riendas del negocio. Se presentaron juntas, un deportivo rojo detrás de otro deportivo rojo. Rosa, la primera en nacer, bajó del coche. Zapatos de tacón de aguja imposible. Falda reapretada y corpiño negro aún más reapretado. Carne asomando por todos sitios. Labios pintados de rosa chicle y melena larga, teñida de color fucsia que empezaba a clarear. Marta, la última en nacer, salió también de su coche. También con zapatos de tacón de aguja imposible y un vestido reapretadísimo estilo años 50, una talla menos de la que necesitaba. También con una melena larguísima, negra con mechas de colores, y, como su hermana, labios rosa chicle. Demasiada sombra de ojos, demasiado rimmel y demasiado colorete.

Contrajeron barriga y subieron las escaleras. Tenían ya los despachos preparados. Habían hablado ya un poco de por dónde tenía que ir el negocio y en los días siguientes acabaron de concretarlo. Un mudanzero es un mudanzero, por mucho que se llame “Panteras negras”. Lo mejor iba a ser reorientar el negocio. Transporte de obras de arte. Eso sonaba mucho mejor. Arte. Artistas. Pintores. Obras. Museos. Inauguraciones. Glamour. Invitados. Sí, definitivamente, sonaba mucho mejor. Y mucho más especializado.

Como siempre, no escucharon a nadie. No quisieron oír consejos. Empezaron pintando los camiones. Blancos, con la pantera negra de siempre enmascarada, pero con el nuevo nombre: “Panteras negras. Especializados en Arte”. Arte. En mayúsculas. A continuación se gastaron una fortuna en hacer imprimir folletos en los que anunciaban sus nuevos servicios. Los mandaron a todos los museos, galeristas y coleccionistas importantes del país. Hicieron promoción comercial puerta a puerta. Pero los trabajos no llegaron nunca.

La flota de camiones estaba parada. Los camioneros, ociosos, pasaban el día en el bar del polígono. Los trabajadores que siempre habían cargado y descargado camiones y hecho y deshecho cajas se pasaban los días fumando, pitillo tras pitillo. Los uniformes nuevos negros que habían encargado siguieron sin estrenar.

Sin hacer ruido, de la misma manera en que se había creado, “Panteras negras” cerró. ¿La culpa? La crisis económica global. Es por todos conocido que cuando las cosas van mal la Cultura es la primera afectada. Rosa y Marta nunca se plantearon que experiencia, profesionalidad, seriedad, paciencia y un buen nombre son importantes para triunfar en el mundo de los negocios.

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Historia basada en algunos (pocos) comentarios reales escuchados de aquí y de allá. El resto, si coincide o acaba coincidiendo con la realidad, será cosa de la casualidad.

Pato mareado

Hoy me he levantado mal. Ha sido poner los pies fuera de la cama y decirme "uy, chica, que eso no va". Pero me he levantado. A oscuras he ido hasta la cocina, he encendido la luz y he puesto la calefacción. Y seguía sin ir. Mareada como un pato, con la sensación que todo daba vueltas a mi alrededor. Sí, como si hubiera bebido muchísimo... pero sin probar ni una gota de alcohol. "Vértigo".

Me he duchado, mareada. Me he secado el pelo, mareada. Me he vestido, mareada. He desayunado, mareada. Y me ha pasado lo que ya me había sucedido en ocasiones anteriores. Que bajar yo sola el taburete es complicadísimo, porque "veo" que el suelo se "desplaza". No, no estoy loca, sólo tengo vértigo.
Así que me he vuelto a la cama. Me he desvestido, me he puesto el pijama, y ala, estirada y a oscuras, que al menos así la habitación no me da vueltas. Dormitando a ratos y pensando que "ya pasará", como siempre hace. Ahora me he levantado para ir a buscar el portátil y, si me muevo, la casa se mueve conmigo. Y si miro al suelo, lo veo deslizándose a la vez que yo ando, pero en direcciones opuestas. Así que mejor que perree un rató más y me quede quietecita. Pero es un asquito total estar así.

1 dic. 2008

Yo tengo...

Si hace unos años alguien me hubiero dicho que yo compraría una botella de "Anís del Mono", no le habría creído. ¿Anís? ¿Yo? ¡Imposible! ¡Si es una bebida que sólo beben los abuelos!

Y no, tampoco es que me haya dado por alcoholizarme lentamente, tomándome una copita de anís cada día, mientras desayuno antes de salir a casa (aunque con el frío que hace estos últimos días es para pensárselo, que como mínimo entraría algo en calor).

Lo que pasa es que, como siempre, me ha podido la gula. Sólo necesitaba tres cucharaditas de anís... pero como que lo venden en botellas de litro, pues...

Sí, es que tengo una compañera en el trabajo que de vez en cuando nos trae unas rosquillas de anís buenísimas que hace ella. Y hace unas semanas, después de mucho insistir, nos pasó la receta. Parecen fáciles, y tenía todos los ingredientes en casa... menos el anís. Pero ahora ya lo tengo. Y este viernes por la tarde: ¡a hacer rosquillas! Y si salen bien, a repetir, porque ¡tengo anís para rato!
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También tengo otra cosa. El pasado jueves ya cambié euros a libras inglesas. Para mi escapadita de la próxima semana a Londres. Cambié 250 libras (unos 312 euros) para 4 días y 2 personas. Y soy consciente que, con lo caro que es todo, no habrá suficiente y seguramente tenga que volver a sacar de los cajeros. Cuando salí del banco, con mis libras en el bolsillo, no pude evitar hacer números... y memoria.

Porque cuando tenía 14 y 15 años pasé un mes de cada verano en Inglaterra. El primer año en Luton y el segundo en Cambridge. Fuí ambos años becada por el MEC (Ministerio de Educación)... por error, que yo no me encargué de corregir. Las becas eran para estudiantes de 3º de BUP y de COU. Y yo, el primer año que fuí, cursaba 3º de ESO (de forma totalmente experimental, aún faltaban años para que se implementara). Supongo que a la gente que revisaba la documentación se le pasó completamente esa pequeña diferencia. Y me concedieron la beca. Yo estaba que ni me lo creía. Al año siguiente me renovaron automáticamente. Tampoco acabé de creérmelo hasta que el avión empezó a despegar.


Pues bien, recuerdo que para esos dos años mi abuelo me dió 300 libras para pasar un mes entero (al cambio de entonces eran 50.000 pesetas clavadas). ¡Y me sobraron! Vale que teóricamente tenía la "pensión" cubierta en una familia, pero es que la comida era tan tremendamente espantosa que yo -como muchos más de los estudiantes- terminé comprándomela aparte o yendo al McDonald's día sí y día también (y eso que no me gusta nada el McDonald's). Y pagué excursiones "extras". Y salí día sí y día también (falsifiqué un Carnet Jove caducado, en el que puse que tenía 19 años para que me dejaran entrar en los pubs). Y no me privé de nada. Y cuando volví a casa el primer año me habían sobrado 50 libras, que al año siguiente aún conservaba porque no las cambié. El segundo año, con mis 350 libras (la 50 del año anterior más las 300 "nuevas" que me había vuelto a dar mi abuelo), me compré ropa, seguí saliendo, haciendo excursiones extras, comiendo fuera de la casa, yendo al cine 2 o 3 veces por semana... En definitiva, me "administré" mejor y volví sólo con la calderilla. Pero viví como una reina.

Y ahora... 250 libras (que son menos que las 50.000 pesetas de hace 15 años pero cuestan más) no me van a durar ni 4 días.