29 sept. 2008

Una sencilla y básica camisa blanca

Tengo clarísimo que una blusa blanca es una prenda básica en cualquier armario. De hecho, tengo un par en condiciones. Así que también tengo clarísimo que al menos esta temporada no me compraré otra. Pero no puedo evitar fijarme en ellas cuando voy a “mirar” tiendas. Es por eso que sé que en Mango tienen un par que tienen bastante buena pinta. Una cuesta 29,90 € y otra, de la colección de las hermanas Cruz, vale 34,90 €. Y también sé que en H&M pueden encontrarse por 14,90 € y en Bennetton la más básica puede salir por unos 24,90 €. Y son eso: simples blusas blancas. Algunas con más detalles que otras y alguna más masculina que otra. Pero siguen siendo camisas blancas.

Camisa blanca de Mango, de la colección de las hermanas Cruz. 34,90 €.

Y también era una simple camisa blanca la de otra tienda multimarca en la que entré a curiosear. Sólo curiosear. Porque cuando un tejano cuesta 270 €, una chaqueta de punto 200 € más y una camiseta cuesta 156 € y no tiene nada, absolutamente nada, que la convierta de la camiseta azul marino terriblemente sosa que es en algo mucho más espectacular y único, yo sólo puedo curiosear. Mirar. Tocar las telas. Y escandalizarme un poco, porque ni los acabados, ni la calidad, ni el diseño ni nada, justifica aquellos precios. Sólo la marca.

Entre un montón de prendas de tono monocromático oscuro –gris, negro, marrón, más gris, más negro, más marrón y algo azul oscuro- destacaba una camisa blanca muy básica, por aquello que era blanca y, claro, contrastaba mucho entre tanto oscuro. Con unos botones de lo más normales, unos acabados de lo más normales, una tela de algodón de un tacto de lo más normal y, eso sí, un poco más larga de lo habitual. La etiqueta marcaba 198 €. Yo la visualicé con unos tejanos pitillos, zapatos de tacón altísimo y un cinturón ancho a la altura de cadera. Casualmente, se abrió el probador y salió una señora de –no exagero- unos 70 años que, como mucho, medía 1,60 m. La camisa le iba estrecha de espalda, muy larga de mangas y, evidentemente, le llegaba casi a la rodilla. Aunque sea para ir larga, era demasiado larga. Cualquier tipo de gracia que hubiera podido tener la camisa básica blanca, con su semi-entallado, se había perdido. Las 3 dependientas rodearon a la señora y lo que pasó fue:

Señora: “No sé, me la veo un poco larga, ¿no?”
Dependienta 1: “Es que es para llevarla así, larga”.
Dependienta 2: “Sí, además le va entallada. Yo la veo bien”. (Insisto: le iba estrecha).
Señora: “¿Me la ves bien? ¿No me está estrecha? ¿Y las mangas?”
Dependienta 3: “Le va perfecta. Pero le quedará aún mejor y a su gusto si se la arreglamos.”
Señora: “¿Me la podríais acortar un poco?”
Dependienta 3: “Sí, claro, no es problema. Se la acortaríamos unos… por aquí… 25-30 cm. Y lo puños… hasta aquí. Y si la quiere más holgada, pues se pueden descoser las pinzas de la espalda y del bajo-pecho y le quedará más suelta”.
Señora: “Ah, pues sí, ¿no? Quedará más de mi estilo y más para mi edad”.

Aquí yo estaba mordiéndome la lengua, pero pensé que cada cual se sabe lo suyo, lo que tiene, lo que quiere y lo que puede. No quise escuchar más, porque en ésas que se abrió otro probador y salió una señora de media edad con una anodinadísima camiseta azul marino sin ningún tipo de encanto especial que costaba 156 € y dos de las dependientas, mientras la otra iba a tomar medidas a la señora de la camisa blanca, se abalanzaron hacia ella para convencerla de lo divinísima de la muerte que estaba.

Todo el mundo sabe el dinero que tiene, lo que le cuesta ganarlo –o lo que no le cuesta- y es libre para gastárselo cómo le plazca, pero es que pagar 198 €, más el arreglo, por una prenda que no tiene nada que ver con la que te has probado y que no sabes cómo te queda… ya son ganas. Y más teniendo justo lo que quieres, a 50 metros de ti, y mucho más barato. Y que conste que a mí, dentro de mis posibilidades, no me duele gastarme un poco más en algo que sea de “mi” estilo y que vea distinto, de mejor calidad y que sé que no me veré repetida. Pero eso sí, que me quede bien, me sienta cómoda y, sobretodo, no soporto que me adulen para convencerme de ello y tampoco tolero que intenten darme gato por liebre.

28 sept. 2008

En memoria

Desde que dejó por voluntad propia el hospital en el que estaba ingresado, a finales de agosto, para pasar sus últimos días en familia, estaba claro que Paul Newman no iba a vivir demasiado tiempo más. Y ayer oí la noticia de su muerte. No me sorprendió, porque era una noticia que ya se esperaba. Pero hoy, cuando leía en el periódico el especial de 5 páginas que le han dedicado, en el que aparte de repasar su filmografía, analizaban su vida y contaban el amor incondicional que sintió a lo largo de muchos años por su esposa y sus actividades al margen del mundo del cine, no he podido evitar emocionarme. Porque aparte de un gran actor, del que creo que he visto todas sus películas desde bien cría, era buena persona que supo mantenerse fiel a su forma de ser hasta el final.

Poco a poco, las que fueron las grandes luces del Hollywood dorado van apagándose. Por suerte siguen quedando sus películas.

25 sept. 2008

Tokio blues




Este post empieza de la misma forma en que lo hace la historia que nos cuenta Haruki Murakami. Es precisamente esta canción de los Beatles, “Norwegian Wood”, la que evoca una serie de pensamientos en Toru Watanabe, un ejecutivo de visita de negocios a Alemania. Por una de aquellas cosas tan frecuentes en España, el libro –originariamente titulado como la canción-, se ha traducido al español como “Tokio blues”.

Toru recuerda su adolescencia tardía y sus primeros años de universidad. Es él quien nos cuenta qué sucede a partir del suicidio de su mejor y único amigo Kizuki. Este hecho le marca a él, pero también a Naoko, la novia de su amigo y de la que él también se enamorará. Contará también cómo empieza a cambiar su percepción de la vida a partir de que aparece en ella Midori.

Es el primer libro que leo de Murakami, y leeré más. Me ha gustado mucho cómo escribe y, en este caso, la historia de Toru me atrapó enseguida. Trata el tema del suicidio, de jóvenes que son incapaces de madurar y de crecer y que no acaban de encontrar su sitio en el mundo. Pero lo hace con una sensibilidad especial y usando unos diálogos muy ágiles y vivos, que hacen que la historia funcione. Realmente, el libro es muy triste, la historia está teñida por la melancolía y hay momentos en que consiguió producirme cierto desasosiego. No puedo evitar imaginarme a Naoko, a Kizuki y a Hatsumi dentro de una gran burbuja, solos y perdidos, de la que son incapaces de salir. Ya ni gritan pidiendo ayuda, y viven resignados a quedarse así, sin ver más allá. Toru también es un solitario, pero sale adelante. Midori es un soplo de aire fresco en su vida, pero és él quien, con su actitud, su saber escuchar, su capacidad para tirar adelante y ver más allá, sabe crecer.

La historia está ambientada a finales de los años 60. Y esto al principio me descolocó bastante, porque me recordaba una y otra vez a la historia que sucede en Tokio, con una japonesa sordomuda de protagonista, de la película “Babel”, de Alejando González Iñárritu. Que sucede a principios de esta década. Y me recordaba también a los casos de chicos japoneses que de vez en cuando salen por televisión: se niegan a salir de sus habitaciones durante años porque creen que el mundo no les ofrece nada. Toru, ya en los años 60, conoce a gente que se niega a salir de su habitación. Y da una visión muy triste de lo que espera la juventud nipona de su futuro.

Si de lo que se trata es de desconcertar y de hacer pensar, conmigo Murakami lo ha conseguido. Y, de hecho, he encontrado una entrevista que le hizo “El País” en 2007 en la que él dice que:

Soy incapaz de sentir interés en novelas que no causen desconcierto en los lectores. (...). Lo que quiero decir es que las novelas largas que no hagan cuestionarse a los lectores el sentido de la historia, el flujo de su conciencia o la firmeza de la base de su existencia, no deben escribirse ni leerse.”

En España, “Tokio blues” se publicó en 2005, a pesar que había tenido ya un gran éxito en Japón desde 1987. Aquí llegaron antes otras obras de Murakami, pero el gran boom llegó también con “Tokio blues”. La última que se ha publicado ha sido “Kafka en la orilla”, que yo ya tengo en la recámara, a punto de empezar. La literatura de Murakami me ha atrapado, es indudable.

18 sept. 2008

Historias de Madrid

Tengo 2-3 posts en mente, pero no hay forma humana de encontrar tiempo para escribirlos. Llevo una semana de locos, como si la vuelta al cole también me hubiera contagiado a mí y tuvieras más cosas pendientes que nunca por hacer. Y tengo que hacerlas ya y dejar de aplazarlas. Además, estoy viviendo una segunda crisis tipo tengo-que-dejarlo-todo-listo porque la próxima semana me he pedido vacaciones. Yo y mis ideas. También me está bailando por la cabecita la idea de abrir un segundo blog paralelo a éste y con un tema monográfico, que durará lo que dure. Veremos.

Pero hoy -y a ver si puedo terminar- me apetece hablar de Madrid. Ya lo dije en una de mis anteriores entradas: me iba pa'Madrid. Y estuve 4 días. He estado antes infinidad de veces. Bueno, infinidad, aquello que se dice infinidad, tampoco. La he visitado 3 veces como Dios manda. Y he estado de paso unas 3 o 4 veces, en las que he aprovechado para ver algo y medio y no mucho más.

Recuerdo que la primera vez que estuve tenía... 14-15 años. Me había "tocado" por error una beca de un mes a Inglaterra (sí, por error: yo cursaba 3º de ESO y las becas eran para 3º de BUP. Yo no me dí cuenta, mi profesor de inglés, tampoco, y el Ministerio de Educación, tampoco. Sí que me dí cuenta cuando llegó la denegación de la beca a mis otros compañeros de clase que también la habían pedido. Pero a caballo regalado... Y sí, fuí la más pequeña de los 2000 becados de aquel año. Y del año siguiente, en que me renovaron). Estuve en Madrid sólo de paso y sólo recuerdo que ví el templo de Debod. Aún no me explico cómo terminé allí, porque de paso, aquello que se dice de paso, no me iba. Supongo que me equivoqué de parada de metro.

Con 17 añitos fuí con mi compañeros de Historia del Arte. Eso tuvo su miga. En esa asignatura sólo éramos 5, y en principio sólo iba a ir yo sola con todos los de Arte de COU (sí, es que yo hice todo el ESO y el Bachillerato hace como unos 18 años -sí, hace ya 18 años que empecé 1º de ESO- de forma experimental, cuando no se hacía en casi ningún sitio más y en el instituto en el que cursaba Bachillerato "coexistíamos" con el BUP y COU). Los de COU, todos, absolutamente todos ellos, no me caían bien. Así que no me explico cómo, pero logré "manipular" a mis amigas, y al final terminamos siendo 5.

Aquella fue mi primera visita en serio a Madrid. Y, sinceramente, no me gustó. Era febrero. Hacía mucho frío. Nos llovió. Viajar sin dinero y con profesores cuya máxima preocupación es que no se mezclen chicos con chicas en las habitaciones, no mola. La pensión era súper cutre y había un japonés muy muy asquerosillo que se nos insinuaba y nos ofrecía dinero para pasar a su habitación. Íbamos de museo en museo, y de visita guiada en visita guiada. Allí pillé la primera gran borrachera de mi vida, de esas que no sabes cómo pero despiertas en tu cama y eres incapaz de recordar qué ha pasado en las horas anteriores. Eso de compartir penas es cierto que une y, al final, los de COU terminaron cayéndome bien e, incluso, terminé enamorada hasta las trancas de uno de ellos. Claro que ya me ocupé yo de que él no se enterara nunca.

Hace un par de años, por el puente de la Constitución, volví a Madrid. Y aquí sí, me gustó. Muchísimo. Hacía frío, pero daba igual. Volví a ver museos, pero me gustó. Y más me vale, porque con un historiador del arte y museólogo como pareja, o me gusta o lo tengo complicado. Estuve en el Escorial, pasé muchísimo frío, pero disfruté aún más de la visita. Y quedaron muchas cosas por ver o, sencillamente, volver a pasear por sus calles.

Y hasta la semana pasada. Madrid sigue gustándome. He vuelto a visitar El Prado. También hice una super excursión hasta el Museo del Traje (que está bien, pero me esperaba otra cosa: mucho museo, mucho espacio, demasiada vitrina vacía y ninguna referencia a qué pasaba fuera de España). Fui de las primera en entrar a las 10:30 en la primera visita guiada del Monasterio de las Descalzas Reales (el Monasterio es impresionante, pero la visita guiada da demasiados datos tipo "fulanita de tal, que era prima hermana del sobrino de la fundadora, que a la vez era hermana de fulanito"). Y pateé, pateé muchísimo. Fui de shopping, buena soy yo, y me volví literalmente loca cuando descubrí toda la zona de Fuencarral. Me he enamorado de Malasaña, sus calles, sus bares, su todo. De hecho, el apartamento que alquilamos estaba en esta zona. Y cuando vuelva, volveré allí.

Porque volveré.

¡Ah! Cuando estaba delante del Prado, me entrevistaron. Para un reportaje promocional de la candidatura de Madrid a los JJOO. Me vieron haciendo una foto, y como que el reportaje trataba de transmitir la visión de Madrid que tienen los visitantes de la ciudad a través de las fotos que toman (sí, ayer les mandé mis fotos) y que intercalarán en él, pues, ¡ale!. Una catalana haciendo promoción de Madrid. Y yo intentándome tragar toda mi vergüenza y terror a las cámaras.

Cuelgo unas pocas fotos, pero es que realmente tomé muy pocas. Cuando ya he estado en un sitio, ya me pasa eso. Dejo de hacer fotos. Y me dedicó más a pasear, revisitar sitios y vivir la ciudad.

Iglesia de Los Jerónimos, al lado del Museo del Prado. Acababa de tomar esta foto cuando me entrevistaron.

Allí está, allí está, viendo pasar el tiempo... ¡La puerta de Alcalá!

El Palacio Real, de lejos. Por fin lo visité. Siempre que había ido estaba cerrado debido a la celebración de "actos protocolarios". Maldita suerte la mía, porque esta vez, el primer día que me acerqué, también estaba cerrado por el mismo motivo. Volví a la mañana siguiente.

La plaza Mayor, tan bulliciosa y tan llena de gente como siempre.

16 sept. 2008

Tarde de lunes

Ayer por la tarde tocaba hacer tiempo. Salgo de trabajar a las 3, y en mi “pueblo” las tiendas no abren hasta las 5. Tal y como estaba la nevera, después de pasar 4 días por Madrid, era de vital importancia –nunca mejor dicho- comprar algo. Que si entraba un ratón, se desnucaría. Sí, ya sé, que podría haber vuelto antes a casa, no entretenerme por el mundo y luego haber salido a comprar. Pero no me apetecía enfrentarme ni a montones y montones de ropa por lavar, ni al montón de más ropa para planchar y doblar, ni a la aspiradora, ni al cubo y a la fregona… Perra que es una.

Así que “hice tiempo”. ¿Y cómo hago tiempo, yo? Me voy a “mirar” tiendas. No estuve demasiado rato, pero algo “cayó”, que se suma a mis muchas compras madrileñas (me gustan los pantalones anchos con vuelta en los bajos, las blusitas y camisetas rollo preñi, los chalecos… casi todo, en resumen). Además, he quedado este viernes con mi hermana, para comer y luego acompañarla a escoger ropa, que la que tiene “está vieja y no le gusta”. Doy fe. Que está vieja, y que está tan vieja que es normal que no le guste. Pero el viernes yo me dejaré todas, absolutamente todas, mis tarjetas en casa. En cuarentena. No fuera caso que aún encontrara (más) cosas para mí.

Mi consciencia, mi ángel de la guarda, mi-cómo-se-le-quiera-llamar… estaba conmigo. Y me recordaba constantemente mis obligaciones. Así que me fui a buscar el tren. Iba tarde, el tren. Qué raro. Hubo un momento en que pensé que nos harían bajar y subir al siguiente, porque una puerta se había quedado abierta y no había forma de cerrarla. Se medio arregló, de manera que se cerró y ya no se pudo abrir. Justo 4 estaciones antes de llegar a la mía recordé por qué nunca tengo que pillar ese tren en concreto. No al menos cuando ha empezado ya el curso escolar. El tren se llenó hasta los topes de críos uniformados que acababan de salir de una escuela privadisísima y con gran tradición y mejor solera. De esas que han ido los padres y que luego tienen que ir los hijos. Y los hijos de sus hijos. Más o menos como el “colegio de mayores” al que ayer empezó a asistir la Infanta Leonor.

Yo opté por cerrar “Tokio blues”. Porque así sí que ya no se podía. Y me dediqué a mirar por la ventana. Y sí, también escuché lo que decían los angelitos, vestidos los más pequeños con pantalón corto gris, camisa azul celeste, mocasines negros llenos de polvo y calcetines azules largos hasta la rodilla, y los mayores, iguales, pero con pantalón largo gris de pinzas.


Conversación 1:
- ¿Hacemos los deberes de inglés entre todos?
- Venga…
- ¡El truco es saber que cuando es “he” o “she” el verbo acaba en s!
- Yo no lo veo… Da igual. Siempre nos dicen que hagamos los deberes, no que los hagamos bien.

Conversación 2:
- Voy más cómodo en tejanos. Esa mierda de pantalón se me va a romper en cualquier momento.
- Sí, yo ya llevo el bajo deshilachado. Y aún recuerdo el año pasado, los rompí muchas veces jugando al fútbol. Terminaba enseñando los gayumbos.
- Mi madre no sabe coser. Se los tengo que llevar a mi abuela.
- Sí, también es mi abuela la que me cose los calcetines.
- Yo ese año me he comprado calzoncillos en el Zara, para cuando se me rompan los pantalones.
- ¿Y son chulos? Se lo diré a mi madre, porque yo no quiero terminar enseñando los míos de cuadritos.

Fin del trayecto. Lástima. Con lo que me gusta eso de curiosear en conversaciones ajenas. Y vuelta a la realidad. Hacer la compra, poner lavadoras, limpiar…

Hoy me va a tocar hacer de nuevo tiempo. La bolsa de mis compras (de ropa, se entiende) que llevaba ayer abultaba demasiado y me impidió coger todo lo que necesitaba. Estoy pensando que ya podría dejar mis tarjetas en cuarentena hoy mismo.

11 sept. 2008

Pa' Madrid

Pues eso... como dice la letra de la canción, y si Blogger se digna a publicar ese post programado cuando yo le he dicho, ahorita mismo estoy yendo pa' Madrid.



¡Hasta el lunes!

10 sept. 2008

Percepciones distorsionadas

Era un 11 de septiembre –la Diada de Cataluña- de hace 5 años. Supuestamente, Ella tenía que ir a trabajar a un restaurante. Pero habían anunciado lluvia, así que el amo la había llamada y le había dicho que no hacía falta que fuera. Bien. El chico que medio le gustaba “estaba enfermo”, o eso le dijo. Ahora, cinco años después, no recuerda muy bien cómo fue la cosa, pero acabó con una cita a ciegas con un prácticamente desconocido que había conocido por Internet hacía nada. Para matar el aburrimiento.

Como que no las tenía todas, la hora de la cita fue las 4 de la tarde. El sitio, más céntrico imposible. Delante del Corte Inglés de Plaza Cataluña, en Barcelona. No recordó que las 4 de la tarde era la misma hora en la que empezaba la manifestación independentista que se organiza cada año con punto de salida… sí, justo allí, delante del Corte Inglés de Plaza Cataluña.

A las 4 de la tarde, bajo un sol de justicia (sí, la predicción del tiempo ya se sabe…), Ella ya estaba allí, sentada en la baranda de la entrada de la estación de metro. Ella y muchísima gente más. Como para encontrar a un desconocido. Justo delante estaba un famosísimo actor catalán que iba a la manifestación, protagonista principal de una serie de muchísimo éxito en la televisión autonómica. Muy guapo, súper alto, súper cachas. El vivo reflejo del “David” de Miguel Ángel. Lástima que cuando habla pierde gran parte de su encanto. O eso es lo que ella piensa.

“Físicamente, que sea como él, que sea cómo él”.

16:15. Cada vez le entraban más ganas de irse. El citado llegaba tarde. Claro que con tanta gente, y viniendo en coche, a ver dónde aparcaba. “Paciencia”. La manifestación aún no había empezado.

16.30. Suena el móvil. “Dónde estás?”. “En la baranda. Chica morena, camiseta azul turquesa, tejanos y bolso blanco en bandolera”. “Ah, ya te veo”.

Llegó Él. Bajito. Mucho más bajito que Ella. De apariencia normal, pero muy anodino. Pantalón beige y camisa de manga larga beige. Anodino. Manchado de aceite. Tanto el pantalón como la camisa. Ella no decía nada, pero Él sí que dijo que “Es que he tenido que buscar entre la ropa sucia. Eso es lo menos sucio que he encontrado. ¿Qué quieres hacer?”. “Irme a casa”… pero no, Ella decidió que ya que estaba allí, que Él había venido de lejos y que igual era bellísimo por dentro, pues un ratito, ¿no? “¿Damos una vuelta?”. “Bueno”.



La “vuelta” duró una dos horas. Cuando quiere, Ella anda rápido. Él, no tanto. Plaza Cataluña-Born-Barceloneta-Maremàgnum-Barceloneta de nuevo-Ciutadella-Plaza Cataluña… Él: “¡Qué cansado estoy! ¿Tomamos un donuts?”. A la hora de pagar: “Es que no llevo dinero en efectivo…”. “Grrrrrrrrrrr... ”

Ella creía que ya era la hora de la despedida. Pero no. “Te acompaño a casa. Es que me lo estoy pasando muy bien contigo”. Ella: “No, no. No te preocupes. Que yo pillo el metro aquí y estoy en cinco minutos. Que si vamos a buscar tu coche, te enseño cómo llegar, habrá calles cortadas por la mani… en fin, que se te hará muy tarde”. Él: “no te preocupes, que mañana es fiesta”. Ella: “grrrrrrrr, que no, de verdad”. Pesado, pesado, pesado, pesado, pesado y encima corto. Me lo tengo bien merecido, por meterme en Internet. ¡Qué cruz!

Él: “Bueno, que si quieres saco dinero del cajero y te invito al cine y no te llevo a casa. Pero no te vayas todavía”. Ella: “es que… verás…, que me sabe mal, que no me gusta el cine, que…” (quiero irme a casaaaaa). De repente, cruzando una calle, en dirección contraria venía la hermana de Ella. Presentaciones. Maldita risita de la hermanita. Él: “si quieres también invito a tu hermana y a su amiga al cine”. Ella: “que no, que ella tienes sus planos, y que yo tengo que irme”. Él: “Bueno, venga, pero volvemos a quedar, eh? Y yo pago el donuts”.

Mientras Ella estaba aún el metro, empezaron a llegarle mensajitos tipo “Seguro que no quieres que venga, aún estoy en Barcelona”; “Me lo he pasado muy bien”; “Tú y tu hermana me habéis gustado mucho”… Diosssss, ¡qué cruz! .

“¿Borrar número de teléfono de la agenda?" ¡Sí!.

Fin de la historia. Para Ella.

Para Él continúa. Cuando faltan unos pocos días para el 11 de septiembre de CADA AÑO, le manda mensajitos al móvil. “Soy XXXX. Me gustaría volver a quedar contigo. ¿Te espero en nuestro sitio de siempre a la misma hora?”. Ella no responde.

Pero este año se ha superado. Mensajito: “Aquel día yo noté que estuvo a punto de pasar algo. Y sé que pasará, porque estamos predestinados.”

Suerte que Ella no cree en el destino. Y no entiende como puede haber percepciones tan distintas y tan distorsionadas de las mismas vivencias…

5 sept. 2008

Menguante

Mi camiseta verde ha encogido. Porque, yo, ensancharme, no lo he hecho. No con una semana de diferencia, al menos. Ya lo intuía, que cada vez era más corta… y más ancha. Pero ayer tuve la confirmación definitiva. ¡Si ya enseñaba el ombligo! A la basura.

En fin, que ahora tengo una camiseta verde chulísima menos. Y no hace demasiado me pasó lo mismo con una falda. Marrón, monísima de la muerte, con mucho vuelo. Tenía un par de años y, viendo lo que se intuía ya desde el inicio, ya intentaba no lavarla demasiado. Pero cuando es necesario, es necesario. Y lavado a lavado, se acortaba, iba menguando, cada vez más corta, cada vez menos larga. La última vez que me la puse ya fui incómoda. Demasiado corta. Demasiado vuelo. Demasiado viento. Demasiada gente subiendo por las escaleras que yo bajaba. Demasiadas bolsas en mis manos. Vamos, un desastre. A la basura también.

Casualmente, esas dos prendas son de Natura, pero tengo otras de la misma tienda que no les ha pasado nunca nada. Pero me ha pasado con camisetas de otras tiendas, que también han menguado poco a poco… o muy rápido, algunas. En esos casos lo que toca es el derecho a repateo, tirarlo… y comprar otra, no fuera caso que me quedara sin ropa. Faltaría.

Una vez sí que me quedé prácticamente sin ropa, de verdad y sin exagerar. En Inglaterra. Tenía yo 15 años y estaba pasando el mes entero en una familia de allí. No sé por qué, pero tenía mucha ropa blanca, entre ella dos pantalones de chándal blancos. Y una camiseta de manga larga de color amarillo chillón. Muy chillón. Ya sé… era otra época. La mujer de la family hacía la colada, pero yo la doblaba y, si quería –o sea, nunca-, la planchaba. En eso que la estaba plegando y… ¿qué c*** ha pasado aquí? Toda mi ropa, antes blanca, ya no lo era. Había mudado a un color amarilloso clarito, bastante asqueroso. Como de sucio. Los pantalones de chándal, además de cambiar de color, habían encogido mínimo un palmo por pierna. Que ahora se lleva, pero por aquel entonces, no. Y la mujer me soltó: I don’t know what has happened with your clothes. Tuvo suerte: por aquel entonces a mi me faltaba mucho vocabulario en inglés. La muy cabrita había mezclado la ropa blanca con la de color y la había lavado en agua caliente. Que vale, que no es que me gustara demasiado toda aquella ropa, pero es la que tenía. Para matarla.

En fin, que cosas así ya me pasaron, me siguen sucediendo y estoy segura que me seguirán pasando. Y si, encima, a las prendas menguantes se le añaden tallas escuetas… eso ya es la leche. Pero ese ya es otro tema.

¡Ah! Por cierto, que conste que sigo las instrucciones de lavado. Pero hay cosas que ni así se salvan.


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