29 ago. 2008

Yo soy...

Hace 2 o 3 días, Soboro, de 3 tristes tigres, me nominó a un meme. Se trata de autodefinirme mediante una frase de una canción y una imagen.

Bueno… si autodefinirme ya me cuesta horrores, hacerlo de esta manera es algo bastante más complicado. Porque yo, robando el término a una amiga mía que se autodefinió así hace unas semanas, soy voluble. Sí… cambiante, lunática, culo inquieto. Así que definirme depende un poco de cómo esté y de cómo sople el viento…

Lo que sí que tengo claro es que, cuando estoy en el trabajo, la canción que mejor define qué hago es una de Miguel Bosé (“Hacer por hacer”). De hecho, es la banda sonora de mi vida laboral.

No sé si hacer
O más bien deshacer
Hacerlo mal o hacerlo bien
Hacer por hacer
Sólo pa´ deshacer
Lo que nunca sé hacer

Haga lo que haga, lo haga cómo lo haga, y me lo firmen una y otra vez, yo sé que tendré que repetirlo. Llamadita telefónica y: “oye, que soy X, de la empresa Y, que he estado mirando el contrato que me has mandado y te has equivocado (sí, claro, es que eso de redactar contratos me mola tanto que encima me los invento; y pagarte menos por norma y tener que discutirme luego, wow, me encanta…). Yo quedé con Z en que bla bla bla”. Hablo con Z y resulta que él no había quedado así, sino que había quedado asá. Pero mejor que pregunte a M. Cuando se mete M, la cosa va a peor, porque resulta que él cree que la empresa Y debería de aceptar asó. Que así se lo había dicho ya a Z. Z no recuerda nada y no quiere decírselo a la empresa Y. Lo hago yo. Evidentemente, luego la Empresa Y aún está más disconforme. Pero, oye tú, que se pongan a hablar Y y M directamente, no, imposible. Les mola más utilizar los correveidiles, que para eso nos pagan, para marear la perdiz, perder el tiempo y la paciencia. Y eso, cada día. Un asquito, eso de “deshacer entuertos”, la verdad.

Fuera del trabajo (a partir de les 3, por suerte), y a pesar de ser voluble y de humor cambiante, y de ahora querer hacer eso y pasar a hace aquello otro a los cinco minutos, de aburrirme, y de empezar otra cosa y dejarla a medias, y dejar de hacer otras cosas necesarias porque tengo la nariz metida en un libro que me tiene atrapada y hasta que no me lo termine no tengo la intención de levantarme… yo creo que me define bastante bien la canción –catalana- de los separadísimos y peleadísimos y ya-no-nos-podemos-ni ver Sopa de Cabra “Sota una estrella” (Debajo de una estrella). Aunque, de unos años para acá, ya menos, por aquello que una, además de voluble, también cambia. Bueno, me gusta más pensar que evoluciono, que he encontrado mi sitio, que piso mucho más con los pies en el suelo, que unos cuantos pajaritos ya se han ido de mi cabeza, y que ya no ando tan perdida ni me lamento internamente por las oportunidades que han pasado de largo y ya no volverán. Claro, cumplo años.

No té masses coses clares
Si veu problemes passa de llarg.
No tiene demasiadas cosas claras
Si ve problemas pasa de largo
Porta buides les butxaques
i el cor obert quan el sol se'n va.
Tiene vacíos los bolsillos
Y el corazón abierto cuando el sol se va.
Prèn el camí de la lluna blanca
Dins dels seus ulls la podràs veure brillar.
Toma el camino de la luna blanca
Dentro de sus ojos podrás verla brillar.
La seva és sempre la nit més llarga
No busca res que amb la mà pugui tocar.
La suya es siempre la noche más larga
No busca nada que con la mano pueda tocar
Sota una estrella
hi haurà algú sempre,
que sigui com tu
que estigui perdut.
Debajo de una estrella
habrá alguien siempre,
que sea como tú,
que esté perdido.
De dia quan torna a casa
compta en veu alta els minuts i els anys
i mira els records com passen,
mentre espera a tornar a marxar.
De día, cuando vuelve a casa
cuenta en voz alta los minutos y los años
y mira los recuerdos cómo pasan,
mientras espera volver a marchar.
Vol anar més lluny d'on els somnis neixen
tren de l'amor que no sap si pararà.
No entén perquè tot va tan depressa,
per cada tren que perd un somni morirà.
Quiere ir más lejos de allí donde los sueños nacen,
tren del amor que no sabe si parará.
No entiende por qué todo va tan deprisa,
por cada tren que pierde, un sueño morirá.

Y si para escoger la letra (bueno, las letras) de la canción ya he sudado horrores, con la imagen, pues… no tanto. Porque a pesar de todo lo que he contado más arriba, yo soy muy tranquila, muy calmada y me cuesta muchísimo enfadarme en serio. La cosa va por dentro. Hasta que pim-pam-PUM.

Y eso es lo que me sugiere esa foto del mar en calma. Tranquilidad. Serenidad. Pero siempre hay corrientes debajo que no se ven. Y una mar tan calmada presagia una tempestad, aunque en mi caso, cuesta. La marejadilla es más habitual. Las tempestades con relámpagos y truenos son pocas y excepcionales en mí.



Por otro lado, Maba me concedió un premio esta semana. ¡Mil gracias, guapa! Precisamente, su objetivo es reafirmar el contacto entre bloggers, y para hacerlo no debería de romperse la cadena, con lo cual yo debería nominar a 8 blogs más (y sí, se supone que yo también debería de nominar a más gente a hacer el meme anterior, pero, visto lo que me ha costado a mí, no lo haré. Pero que si alguien quiere, que lo haga. ¡Faltaría!). He estado mirando, pero creo que todos los blogs a los que se lo daría, ya lo tienen, así que me he auto-desobligado de hacerlo. De todas formas, se lo doy a todos los blogs que aún no lo tienen y que están enlazados en mis favoritos. Me gustan todos ellos y a ellos me siento próxima por distintos motivos.

26 ago. 2008

El niño con el pijama de rayas

Hacía ya meses que veía que uno de los libros más leídos (según las listas oficiales, y así se reflejaba en el tren y en el metro –ver qué lee la gente en el tren y en el metro es perfecto para ver qué “se lleva” en materia de lectura-), y uno de los más expuestos en todas las librerías, era “El niño con el pijama de rayas”, de John Boyne.

Había leído críticas muy buenas… pero yo me resistía. Y es que me daba que, como me pasó hace unos años con “El curioso incidente del perro a medianoche”, de Mark Haddon, me iba a defraudar. Porque con “El curioso…” pasó lo mismo: el boca-oreja catapultó a la fama un libro cuyo protagonista, Cristopher, es un crío bastante especial, con cierto grado de autismo, y es él quien nos narra, desde su particular punto de vista , qué ha pasado con el perro del vecino, por qué ha sucedido y su viaje a Londres en busca de su madre. A mí, la historia me defraudó, por previsible, por pretenciosa, por petulante… Pero creo que sólo me ha pasado a mí, así que igual debería de releérmelo con cariño y darle una segunda oportunidad. No puede haber tanta gente equivocada, ¿no?

Temía que con “El niño con el pijama de rayas” me pasara lo mismo. Y me resistía. ¡Si incluso la editorial es la misma! Hasta ayer, y gracias a la recomendación que nos hizo de él el guía de una de nuestras excursiones en Berlín. Fui a uno de mis particulares templos de la perdición (la FNAC) y me lo compré. “El niño con el pijama de rayas” pero también salí con “Estupor y temblores”, de Amélie Nothomb; “El abanico de seda”, de Lisa See, y, por fin, “Toquio blues”, del japonés Haruki Murakami. Todos ellos –salvo “El niño…”, que no es edición de bolsillo pero está editado sólo en tapa blanda y no es demasiado caro- quería leérmelos hace tiempo, pero he esperado a que saliera la edición de bolsillo. A pesar que me encanta abrir un libro nuevo de tapa dura, con una edición cuidada y el olor a nuevo, don dinero manda. Y sí, que está visto que ayer tenía ansias acaparadoras y preferí muchos y a buen precio. Que así me duran y disfruto más.

La contraportada de “El niño con el pijama de rayas” no explica de qué va. Y yo, aquí, tampoco lo haré. Hay una nota del editor en la que dice que es mejor no contarlo, porque estropearía la experiencia de su lectura. Y ahora que ya me lo he leído no puedo dejar de estar absolutamente de acuerdo con él. Mejor no explicar de qué va, y dejar que cada uno lo descubra y viva su particular experiencia de lectura. La mía ha sido fantástica. Me ha encantado la originalidad de la historia, la forma de atrapar que tiene, el cómo se explica, la relación que se establece entre el pequeño Bruno con el lector, lo que transmite, la desazón y desconsuelo que queda al acabarla…

Se lee muy rápido, porque atrapa enseguida. Yo empecé a leerlo justo después de comprarlo, en el trayecto de tren para ir a casa (unos 40 minutos). Hoy, a la ida del trabajo he seguido con él (40 minutos más). Y para terminarlo me han faltado 20 minutitos más que los he sacado del rato de la pausa del desayuno. Queda clarísimo que me ha gustado, mucho, ¿no? Evidentemente, lo recomiendo a todo el mundo, tanto si gusta como si no gusta leer, porque creo que este libro –para aquellos a los que no les gusta leer- será la excepción que confirma la regla. De hecho, si de mí se tratara, lo impondría como lectura obligatoria en todas las escuelas, y eso que no me gustan las imposiciones. Y no estaría de más que se lo leyeran según qué dirigentes cuando suben al poder. Sólo por si acaso. Porque aprender de la historia debería ser muy fácil, pero cuando la ignorancia expresa (ésa es la peor) hace acto de presencia las cosas vuelven a no ir bien.

Pág. 217

“Y así termina la historia de Bruno y de su familia. Todo eso, por supuesto, pasó hace mucho, mucho tiempo, y nunca podría volver a pasar algo parecido.
Hoy en día, no”

22 ago. 2008

Rebozándome en recuerdos infantiles...

Hoy ha finalizado mi primera semana de trabajo después de volver de vacaciones. Y la verdad, ya sé que mi horario es un chollo y que teóricamente mi trabajo muchos ya lo querrían para ellos, pero estoy harta. Desde siempre, me gusta trabajar algunos días de agosto –o todo el mes, según se tercie-, pero este año no sé qué me pasa, que no hay manera. Supongo que estaba acostumbrada a meses de agosto tranquilitos, con muy pocos compañeros de trabajo, en los que voy terminando esas cosas que no son urgentes pero que tienen que hacerse… Y este año la vuelta ha sido demasiado de golpe, demasiado intensa y yo estoy echando de menos aún los días de vacaciones. Porque normalmente, aunque trabaje en agosto, sigo teniendo la sensación de estar aún de vacaciones. Pero este año, no. Eso sí, no ha cambiado que somos sólo cuatro gatos. Bueno, ni llegamos.

Cuando estoy así me da por ponerme melancólica. Y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y claro, termino rebozándome en los recuerdos de mis vacaciones de infancia… que ésas sí que eran de las buenas.

De pequeña-pequeña, mis vacaciones reales empezaban el 25 de junio, el día después de San Juan. El día antes mi padre ya nos había hecho limpiar el coche a mi hermana y a mí –un R4 en el que en verano nos asábamos de calor y en invierno nos moríamos de frío- y lo había cargado hasta los topes. Y empezaba el viaje. Por aquel entonces el trayecto se me antojaba larguísimo, pesadísimo, eterno… y ahora se hace en dos horas y media. A casa de mis abuelos.

Y allí me pasaba el verano entero. Los primeros años, hasta el 10 de septiembre (el 11 es la Diada de Catalunya, y siempre estaba ya en casa); más tarde, como que mi hermana y yo andábamos siempre como perro y gato, hicieron que nos fraccionáramos las vacaciones en mitad y mitad.

Aquellas vacaciones eran geniales. O eso le parecían a una cría pequeña. Recuerdo que se comía mucho (para mi abuela, siempre estaba delgada… y no lo he sido nunca, pero bueno…). Ir todas las tardes a la piscina municipal con las amigas de verano que también estaban en casa de sus abuelos, tanto si hacía sol, estaba nublado o llovía… total, una se metía en el agua y ya estaba, a esperar que dejara de llover. Y salir a dar vueltas con la bici, horas y horas, sin que nadie controlara demasiado por dónde ni con quién. Jugar en la plaza, en el parque, ir a dar vueltas “por ahí” con “quien me encuentre”, o sola… Los jueves por la mañana, “ayudar” a mi abuela a montar la parada que tenía en el mercado al aire libre, y pesar, contar y devolver el cambio de los sobrantes de verdura del huerto que allí vendía.

Cuando llegaba el 10 de septiembre, la vuelta era muy dura. Se me hacía rarísimo volver a vivir con mis padres; tener que bañarme a las horas que tocaba porque el escaqueo y la excusa de “ya me he duchado en la piscina” ya no colaba; retomar el contacto con los amigos de antes, tener que preparar la vuelta al cole (comprar los libros, las libretas, la carpeta…)… Con el comienzo del curso, ya no había más remedio que acostumbrarse, pero contaba los meses que faltaban para que volviera a llegar el verano.

Con los años, los días que pasaba allí fueron acortándose. Ya no me parecía tan divertido. El pueblo que de pequeña me parecía genial porque podía ir y venir sin casi horarios se me antojaba como una cárcel. Había crecido, y prefería estar con mi pandilla de la adolescencia. De pasar allí casi tres meses seguidos, se pasó a dos semanas, y cuando empecé a trabajar en verano, a sólo unos pocos días testimoniales, para que no se dijera. Ahora ya son visitas de ida y vuelta en el mismo día.

Y mis vacaciones han pasado de durar casi tres meses a hacerlo sólo tres semanas que se van en un suspiro… Bueno... vale, que en septiembre aún me quedan algunos días… pero sigue sin ser lo mismo. Y sí, puede ser que me queje por vicio, por costumbre, o porque sí, pero es que una es humana...

Por cierto, que cuando este domingo esté nublado o llueva y no me deje ir a la playa a tostarme y a comerme una paella en un chiringuito, ¡el tiempo se va enterar! ¡Que aunque ya no tenga vacaciones, aún debería poder disfrutar de los fines de semanas!

19 ago. 2008

Peregrinos... a Santiago de la Meca


Imaginémonos a tres hermanos que se llevan a matar y que odian andar: uno, adicto al trabajo con una esposa alcohólica y con tendencias suicidas; el otro, alcohólico también, sin trabajo conocido y que su única afición consiste en ir al bar y pedirle dinero prestado a su hija; y, finalmente, la hermana, maestra, con un marido en paro, varios hijos y una casa que necesita reformas urgentemente. Muere su madre y el requisito ineludible para cobrar su cuantiosa herencia es que hagan el Camino de Santiago... desde Francia hasta Santiago de Compostela. Más de dos meses a pie. Juntos.

A esa peregrinación se le sumarán dos amigas que no han aprobado la reválida; un joven musulmán que ha convencido a su primo, musulmán también y disléxico que nunca ha aprendido a leer, para que coja el dinero de su madre y peregrinen a "Santiago de la Meca", donde se obrará el milagro y aprenderá a leer; una mujer que está intentando huir del cáncer y de su marido, y un guía que llevará el grupo mientras su esposa encuentra calor entre otros brazos.


Todos estos son los protagonistas de "Peregrinos", ("Saint Jacques... La Mecque" es su título originario), una película francesa dirigida en 2004 por Coline Serreau que no se ha estrenado en España hasta este verano. Fuí a verla el pasado domingo. Y me encantó. Es muy divertida, con un sentido del humor mordaz e inteligente y con algunos momentos de bastante intensidad dramática. Además, los paisajes del Camino que se enseñan -mayoritariamente de la parte francesa- son preciosos.

Con tanta americanada en la cartelera, películas para críos y tostones románticos totalmente previsibles, ¡encontrar una película así se agradece!

13 ago. 2008

Un lugar, una hora, una persona, ... un recuerdo

Anita Patata Frita me ha nominado a un meme bastante original. Se trata de describir un lugar, una hora, una persona... un recuerdo. Cuesta decidirme, porque de recuerdos especiales asociados a personas especiales tengo unos cuantos, algunos buenos y otros bastante malos. Pero si se trata de provocar una sonrisa bobalicona, lo tengo claro.

Recuerdo que era una tarde de finales de noviembre. Yo había salido de mi clase de Teoría de la Literatura, y tenía la cabeza llena con el mito de Edipo, su inadaptación, de que el futuro ya está decidido... Y tenía una cita. Mi tercera cita con él, de hecho.

Le esperé a la salida del metro, y recordé las citas anteriores. En la primera cita me sorprendí porque coincidíamos en muchas cosas. Me pasó el rato volando... cuando, sinceramente, yo no esperaba nada y tenía a punto la excusa perfecta para marcharme en cualquier momento. Quedamos otro día para cenar. Una cena que se alargó muchísimo. Quería besarle, quería tocarle, pero no me atrevía. Le escuchaba, me sonreía, le sonreía, y nada. Mariposas volando por el estómago, y nada más. Sólo al final un fugaz beso en los labios que le planté yo en los labios-que-casi-no-se-tocaron antes de salir corriendo del coche y entrar en mi portal.

Y esa era nuestra tercera cita. Nos pasó el rato volando, charlando. Recuerdo que me describió de pe a pa los disfraces de princesa que pensaba regalar a sus sobrinas por Navidad y que ha había comprado. Yo le metí el tostón con Edipo Rey, con Gregor Samsa y con unos cuantos inadaptados literarios más. Y era la hora de despedirnos. Más mariposas volando en el estómago. Nos encontrábamos delante del escaparate de Habitat, al lado del FNAC de Plaza Cataluña. Tenían ya puesta la decoración de Navidad. Bolas de Navidad de colores, un trineo y renos nevados, y estrellas y luces de colores. Le miré. Me miró. Y nos besamos. Fue uno de esos besos que no se olvidan, las mariposas seguían volando en el estómago y yo casi me asusté de lo que llegué a sentir con aquel beso.

La historia continuó. Y tiene más horas, más momentos, más lugares y los mismos protagonistas. Pero para mí, el inicio es éste.

8 ago. 2008

De las vacaciones y los turistas

Estaba yo leyendo la página 222 de "El consuelo", de Ana Gavalda, y me he encontrado con que:

"A Charles no le gustaban las vacaciones.

Marcharse una vez más, descolgar las camisas del armario, cerrar maletas, elegir, contar, renunciar a llevarse todos los libros que quería, tragarse kilómetros y kilómetros, tener que vivir en casas alquiladas espantosas o volver a los pasillos de hotel y a esas toallas que olían a lavandería industrial, tomar el sol cual lagarto varios días, decirse, aaaaah, por fin, tratar de creérselo y aburrirse.

A él lo que le gustaba eran las escapadas, los impulsos, las semanas de trabajo interrumpidas de repente; el pretexto de una cita fuera de París para perderse lejos de las autopistas.

Las casas rurales del Cheval blanc donde el talanto del chef compensaba los adefesios de la decoración; las capitales del mundo entero, sus estaciones de tren, sus mercados, sus ríos, su historia y su arquitectura; los museos desiertos entre dos reuniones de trabajo; los pueblecitos que no estaban hermanados con ninguno otro; las zanjas hasta donde alcanzaba la vista; y los cafés sin terraza. Verlo todo pero no ser nunca turista. No volver a vestir jamás ese hábito miserable."

Es que, visto y entendido así, ¡¡ni a mí me gustan las vacaciones!! A mí me pasa un poco como a Charles (y eso que no tengo una pareja que me la pega, una hija postiza que casi ni me habla, ni me paso la vida de aeropuerto en aeropuerto). Pero lo que me pasa es que, por suerte, acepto lo que hay y lo que toca. Y lo que hay y lo que toca es que mis vacaciones sean a finales de julio-agosto, como las de todo el mundo; mi economía es la media, como la de la mayoría del mundo, y, por lo tanto, mis vacaciones van a ser como las del todo mundo. Y aunque preferiría otra cosa, me va a tocar hacer colas en los museos; seguir sorprendiéndome porque hay gente que es incapaz de ver las cosas por su propio ojo y que sólo verá las piezas, monumentos, paisajes, lo-que-sea, a la vuelta, en el vídeo; apechugar con los retrasos en aeropuertos, trenes y demás; soportar las músicas ajenas a toda pastilla en una playa atestada, y hacer acopio de una buena dosis de paciencia...

De todas formas, no puedo sino estar de acuerdo con Charles y tratar de huír del "ser turista". Y supongo que como yo, la mayoría de la gente. Prefiero "vivir" a "ver". "Tranquilidad" a "muchedumbre". Y, evidentemente, preferiría ser "viajera", pero eso último lo soy de forma bastante limitada. ¿La culpa? El poco tiempo, la planificación previa, Don dinero de nuevo, el saber que tengo pocos días y que quiero aprovecharlos al máximo...

En fin... que a pesar de compartir el punto de vista de Charles, yo voy a seguir disfrutando de los pocos días que me quedan aún de mis vacaciones. Descansar, leer, playita, piscina, coche arriba y coche abajo, las buenas comidas y las cenas tardías, ir un poco a deshora... ¡Que de eso se trata!

3 ago. 2008

Berlín

Volví de Berlín el pasado martes, y a cada momento estoy pensado "la semana pasada a esta hora estaba en... el campo de concentración de Sachsenhausen". O ayer por la noche, "la semana pasada a esta hora estaba cenando en la Gendarmermarkt". Eso es algo que acostumbra a pasarme cada vez que vuelvo de un viaje que me ha gustado: acostumbro a revivir momentos, lugares y personas. Hasta que me acostumbro de nuevo a la realidad y la vida cotidiana se hace tan rutinaria como siempre.

Creo que ya lo he dejado bastante claro. Berlín me ha gustado. De hecho, me ha sorprendido agradablemente y es de esos sitios a los que me gustaría volver desde ya mismo varias veces a lo largo de mi vida. No es una ciudad "bonita", en la medida que son "bonitas" ciudades como Praga, París o Florencia. Pero indudablemente tiene un "qué", un "algo", que hace que guste y que te sorpenda.

Es enorme y hay muchísimo para ver. Eso ha hecho que cayeran de la lista unos cuantos museos que con más tiempo seguramente hubiéramos visitado. Y de lo mejor que tiene Berlín es poder "ver" las consecuencias de la historia más reciente. Porque nadie puede quedarse indiferente al ver las partes del muro que aún se conservan, o al pisar la marca que indica cuál era el trazado del muro y saber que el paso que acabas de hacer hubiero sido del todo imposible 20 años atrás, porque no hubieras podido pasar del este al oeste y que lo más seguro es que te hubieran disparado. Vale la pena visitar el Checkpoint Charlie y el museo dedicado a las fugas que se producían del este al oeste. Sirve para entender un poco lo desesperada que debía de estar la gente para arriesgar su vida y la de su familia e intentar cruzar el muro.

Y no sólo eso. Escarbando unos años atrás, se pueden ver aún las consecuencias del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial en la historia y en las calles de Berlín. Muy cerca del Checkpoint Charlie hay ahora mismo una exposición temporal, "La topografía de los horrores", que explica el inicio del nazismo y su final. Se encuentra donde estaba el cuartel general de las SS y aprovecha los restos de los calabozos y celdas en las que se torturaba para contar la historia de aquellos que estuvieron detenidos. Otro testigo emblemático de la ciudad que sirve para recordar los bombardeos que destruyeron la ciudad es la iglesia del Káiser Guillermo, que si no me equivoco fue lo único de Berlín que no se reconstruyó y que decidió dejarse tal y como lo habían dejado los bombardeos para recordar las consecuencias de la guerra.

Por todo eso, la arquitectura de Berlín es impresionante. Y vas de un sitio a otro más soprendente e impactante aún que el anterior. Potsdamer Platz, la misma cúpula del Reichstat, las embajadas situadas cerca de Unter den Linden, el centro comercial Arkade...

En 7 días he hecho como unas 700 fotos, así que hacer una selección de ellas va a ser complicado. Pero lo intentaré. Ahí van:


Segunda Guerra Mundial: causas, hechos y consecuencias
Estas dos fotos son del campo de concentración de Sachsenhausen, concretamente de la torre de vigilancia principal (en la reja, el macabro "Arbeit macht frei"), y el reloj marcando las 11:07, que es la hora en que los rusos liberaron el campo. Por ese campo "pasaron" más de 200.000 prisioneros, muchos de los cuales murieron asesinados o por culpa del hambre.

En los restos de la cocina se conservan aún algunos dibujos que pintaron los prisioneros. Por suerte, ni en situaciones extremas como la que se encontraban, hubo algunos que no perdieron el sentido del humor. La ironía, más bien.

Memorial del Holocausto. Se encuentra muy cerca de la Puerta de Brandenburgo, ocupa más de 19.000 m2 y está formado por 2.700 bloques de cimento, que invitan a la reflexión personal mientras se pasea entre ellos.

Estación de metro de Mohrenstrasse. El mármol rojo que recubre las paredes de la estación proviene del pasillo larguísimo y altísimo que conducía al despacho de Hitler en la Cancillería. ¿La intención? Empequeñecer al visitante que acudía a ver al Führer.
Reconstrucción de Berlín:

Estatua dedicada a las "Trümerfrauen" berlinesas (mujeres de los escombros). En un país diezmado por la guerra y en una ciudad completamente bombardeada por los aliados, fueron las mujeres las que separaron los escombros en aquellos que eran aprovechables para reconstruir y los que no, que sirvieron para hacer montañas artificiales en la ciudad.

El muro:

Restos del muro que desde 1961 rodeó la zona aliada de Berlín, impediendo el paso a los habitantes de la zona oriental y separando famílias enteras durante años.

"Nuevo Berlín":
Berlín es uno de los destinos preferidos de los estudiantes de Arquitectura porque en muy pocos años ha conseguido reunir obras de los arquitectos mundialmente más prestigiosos del momento. De hecho, incluso ahora, no es nada difícil levantar la cabeza y encontrar grúas por doquier. Pongo sólo 4 fotos, pero pondría colgar 100: Museo judío, edificios gubernamentales, edificios de apartamentos, embajadas extrangeras ubicadas en la zona del Unter den Linden...

Es impresionante ver una foto antigua de la Potsdammer Platz (de 1990, por ejemplo) y ver lo que hay allí actualmente. Da auténtica fe del renacer de Berlín. La primera foto es del Sony Center y la segunda del centro comercial Arkade.

Cúpula del Reichstat. Impresionante. Grandes vistas de todo Berlín y una cafetería carísima.

Potsdam:
Se encuentra a una media hora de Berlín en tren. Foto del palacio de Sanssoussi.
Inclasificables:
Bicis, bicis y más bicis. Carril bici. Gente que respeta a los cicilistas. En fin, bastante distinto a Barcelona. Nosotros la alquilamos sólo una mañana. Si vuelvo, creo que la alquilaré todos los días. Es barato y vale la pena.
La segunda foto es la de una tapa de la alcantarilla. Salen en relieve algunos de los edificios más carismáticos de Berlín (torre de la televisión de Alexanderplatz, Reichstat, Puerta de Brandenburgo...).
Los muñecos de los semáforos del Berlín Este eran así, distintos a los de todo el mundo. Progresivamente se están cambiando también los del Berlín Occidental por ese tipo de semáforos (algo que se conservará del comunismo)

Finalmente, no me gustaría acabar el post sin recomendar -si alguien visita Berlín- los guías de Cultourberlin (sí, es mi blog y hago publicidad). No son los típicos guías que hacen visitas tostón, explicando sólo fechas y contando metros cuadrados. Sus visitas guiadas (la de Sachsenhausen, la de Todo Berlín...) son altamente recomendables. Nos sirvieron para introducirnos un poco a la historia más reciente de Berlín de forma amena e hicieron que nos fijáramos en cosas que, de no ser por ellos, nos habrían pasado totalmente inadvertidas.