26 dic. 2008

Stand by me

"Stand by me" es una de esas canciones que cuenta con infinidad de versiones. Ben E. King la popularizó en los años 60, después de adaptarla de una versión gospel de 1955. Antes la había cantado Elvis Presley. También la versionó John Lennon más tarde. Y aún más tarde también lo hizo U2.

Ahora mismo es uno de los hits que más suenan en internet. Se trata de una versión interpretada por músicos callejeros de todo el mundo, desde Nueva Orleans a Moscú, pasando por Barcelona, Holanda, Pisa, Caracas y bastantes ciudades más.

No está nada mal. Particularmente, es una canción que siempre me ha dado muy buen rollo. Pero en esas fechas, más. Y en esta versión, aún más.



24 dic. 2008

Visiting London (y III)

El lunes15, día de mi cumpleaños, era el último día de la escapada, pero si se planificaba bien podía ser un día bien aprovechado, porque nuestro avión no salía de Gatwick hasta las 18:20.

Nos levantamos muy pronto, hicimos las maletas y dejamos el hotel. Y sufrimos en propia piel (y maletas) la diferencia entre subir a un metro en fin de semana y hacerlo en plena hora punta de un lunes laborable. Encima, nos equivocamos de línea de metro y para ir a Victoria Station tuvimos que bajar del metro equivocado y dejar pasar unos cuantos convoyes que iban atestadísimos en dirección contraria.

Dejamos las maletas en Victoria Station (que te las guarden cuesta 6,50 libras y, la verdad, está súper bien).
Nos habíamos reservado el último día para ver el Big Ben, el Parlamento y la Abadía de Westminster. Y para allá fuimos. Yo nunca había entrado en la Abadía de Westminster y lo hice esta vez. Impresionante. Enorme. Majestuosa. Llena de historia (es cuanto menos curioso encontrarse la tumba de Isabel I de Inglaterra junto a la de su prima María de Escocia, a la que ella había hecho matar).

Westminster Abbey. El día era gris, gris, gris. Y frío.

A las 11 había reservado por internet hora para subir al London Eye, con la esperanza que hiciera un día espectacular que permitiera ver vistas impresionantes. Pero no. De todas formas, subimos igual. Y, a pesar de no poder más allá de donde las nubes bajas y la niebla nos permitía, valió mucho la pena. Claro, yo estaba liadísima con mi cámara nueva (de julio).

Vista desde el London Eye.

Al bajar, tomamos el primer té del día y fuimos hacia la National Gallery. La visitamos bastante rápido y fuimos directamente hacia los cuadros que queríamos ver (cuando la pareja de una es licenciado en Historia del Arte, es lo que toca). Después cruzamos Trafalgar Square y fuimos a comer algo rápido. Trafalgar Square, con la National Gallery al fondo.

Nos faltaba aún acercarnos a Buckingham Palace, y lo hicimos cruzando The Mall. Fue en esta última media hora cuando vimos el sol por primera vez en tres días.

Buckingham Palace.

A les 15.30 estábamos ya en Victoria Station, con nuestras maletas recuperadas, sentados en el tren que nos llevaría de nuevo al aeropuerto de Gatwick. Fin de la escapada. Cansadísimos, pero con ganas de volver, revisitar sitios más detenidamente y visitar los que no tuvimos tiempo. Of course.
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Editado para desearos ¡FELICES FIESTAS!

22 dic. 2008

Visiting London (II)

El domingo despertó sin lluvia pero con niebla que terminaría siendo sustituida por nubes que no nos abandonarían en todo el día. Mejor eso que la lluvia, evidentemente.


Casi "typical english breakfast" (faltó el bacon y las beans). Una buena manera de empezar el día...


Yo quería ver el museo de Sherlock Holmes. Está en Baker Street, la calle en la que Arthur Conan Doyle situó la residencia del detective. Y me encantó. Han reconstruido a la perfección la vivienda del detective, y el ambiente que han creado, con objetos de su época, y las reproducciones de algunos de los personajes de sus casos más célebres hacen que sea una visita muy especial para sus fans (y me incluyo). Me quedó pendiente el museo dedicado a Charles Dickens. Otra vez será.

Sala en la que Mr. Sherlock Holmes atiende sus visitas.
 
Después tocó ir a visitar la Torre de Londres. Y el Puente de la Torre. Descansar un rato tomando otro té. Y caminar cerca del Támesis. Y descubrir un centro comercial que estaba abierto (y aprovechar para comprar varios guantes muy chulos, para mí, para mi hermana y para mis sobrinitas). Y comer fish&chips, que apetecían un rato largo, aunque fueron mucho más buenas las chips que el fish
El Puente de la Torre (Tower Bridge). El día estaba bastante-muy-mucho gris. El barco, de proporciones colosales, alberga un Museo de la Guerra.

Por la tarde, ya de noche, de hecho (y eso que eran sólo las 4), visitamos The Globe, el teatro de madera que se reconstruyó tal y como eran en tiempos de William Shakespeare (y que es el que sale en “Shakespeare in love”). Evidentemente, las funciones se representan sólo cuando hace “buen tiempo” (creo recordar que la guía nos dijo que era de abril a octubre). En platea caben unas 600 personas (de pie), que pagan sólo 5 libras… pero es que están de pie, bastante apretujadas y cuando llueve se mojan (no pueden abrir el paraguas). Es realmente curioso.
Dentre de The Globe.

Justo al lado del teatro hay la Tate Modern, y allí nos encaminamos. El edificio es sorprendente. Lo que más, la sala de turbinas. Estuvimos poco rato. Estaban a punto de cerrar.

Saliendo de la Tate, cruzamos el Puente del Milenio y nos dirigimos a la Saint Paul’s Cathedral. La intención era verla sólo desde fuera, porque según las guías estaba ya cerrada (y su entrada cuesta 12 libras por persona). Pero no. Estaba abierta, y estaban a punto de celebrar un servicio religioso. Así que entramos y nos sentamos un ratito de gratis. Es impresionante, muy majestuosa.
Cúpula de Saint Paul's Cathedral

Cuando salimos decidimos aprovechar la Travelcard diaria, y subimos a unos cuantos autobuses de dos pisos y, desde arriba, aprovechamos para mirar la ciudad.

Cenamos a un restaurante italiano, al lado del hotel. Buenísimo y relativamente bien de precio. Vuelta al hotel y fin del segundo día.

19 dic. 2008

Visiting London (I)

omo que lo prometido es deuda (y, además, me apetece), aquí viene el post sobre la escapada londinense de la pasada semana. Lo estructuraré en tres partes, una para cada día. Así será más fácil de leer y algo más coherente y estructurado.

La verdad es que fueron 3 días muy intensos, aprovechados al máximo y de no parar. Marchábamos el viernes por la noche. Barcelona – Gatwick con EasyJet. Después de pasar el control de pasaportes (British are different, of course), pillamos el Gatwick Express y en media horita nos plantamos en Victoria Station. Se notaba en el ambiente que era noche de cenas de trabajo: chicas muy poco vestidas, con tacones altísimos y botas ugg de repuesto en el bolso que se ponían mientras esperaban su tren, y chicos borrachísimos, a los que se les caía –y rompía- el móvil y enseñaban medio culo al agacharse para intentar recogerlo y caer en la acera. Estaba medio lloviendo y hacía muchísimo frío.

Cogimos el autobús que nos llevó al hotel. Del hotel no quiero hablar. Estaba limpio, que ya es algo, y muy céntrico, a 2 minutos a pie de la estación de Paddington. Pero era el típico hotel inglés de 3 estrellas que es como 1 estrella nuestra. Lo que está claro es que se tiene lo que se paga, así que… mejor no quejarse.

El sábado nos levantamos temprano. Había mucho por ver. Y llovía. Llovió todo el santo día, sin parar. Muy british, el tiempo, claro. El paseo por Hyde Park ya decidimos no hacerlo (tres veces que he estado en Londres y en ninguna de ellas me ha dado tiempo de pisarlo). Pero el mercadillo de Notting Hill, ya lloviera, nevara o hiciera el tiempo que le diera la gana, era impepinable. A mí me encantó. Pero tuve una sobredosis, de ésas que acostumbro a tener cuando hay tanto para ver, tanto para comprar, tanto para tocar… y ninguna posibilidad de volver al cabo de unos días para quedarme lo que, por aquel entonces, ya sé qué quiero. Resultado: me quedo sin nada porque no sé qué escoger cuando es el momento. Acabó por caer el primer té del día.



 Notting Hill

Después yo quería ir a Temple, que es un mini-barrio que había sido de los templarios. Pero era fin de semana, las posibles entradas a las callejuelas estaban cerradas y si había acceso por algún otro sitio no supimos encontrarlo. Total, nos fuimos andando hasta el Covent Garden. Para llegar tuvimos que patearnos la City enterita, el centro financiero de la ciudad, y era alucinante: sábado, calles vacías, muy poca gente, muy pocos coches, muchas tiendas cerradas… Imagino que entre semana el ambiente debe ser totalmente distinto.

Vestiditos de niña, en Covent Garden.
Por la tarde, después de comer (por cierto, vale, que Londres es caro, pero se pueden encontrar sitios en los que se come bien por un precio razonable), fuimos al British Museum. Por fin, un rato a cubierto, sin lluvia ni frío. Estuvimos un par de horas y vimos sólo 4 cosas contadas, pero son las que queríamos ver (piedra Rosetta, Partenón, Egipto, Mesopotamia…).
Dentro del British.
Ya era negra noche cuando salimos (también cuando entramos, de hecho). Y llovía, cómo no. A pie hasta Piccadilly Circus. Y luego a mirar tiendas por Regent Street. Sólo mirar. Y seguir pateando. Hasta Trafalgar Square. Y parar un rato a tomar algo. Y seguir pateando. Y cenar a una hora inglesa decente. Y pretender seguir pateando, hasta el Big Ben. Y seguir lloviendo. Y, de repente, llover más fuerte. Y calarme. Y cabrearme con el maldito tiempo inglés y con las cremalleras de las botas que acaban por dejar entrar el agua, aunque hayan aguantado más de 12 horas. Y plantarme y decir basta. Con los pies mojados y doloridos yo era incapaz de ir a ningún sitio más. Vuelta al hotel.

Piccadilly Circus, mirando a Regent Street.

17 dic. 2008

Malas jugadas

Hay veces en que la vida se ensaña de forma especial con alguien. Y ese alguien se convierte en el protagonista de una broma de muy mal gusto a la que no sabe ni puede afrontarse. Es el caso de Henry Molaison, conocido en el ámbito médico como HM, que murió la semana pasada a los 82 años de edad.

Más de 50 de esos 82 años los vivió en un constante presente, sin recordar qué había sucedido sólo unos momentos antes. HM era un niño normal hasta los 9 años. A esa edad tuvo un accidente mientras iba en bicicleta. Perdió el conocimiento durante unos minutos y al despertar ya no era el mismo. Desde aquel día tuvo virulentos ataques de epilepsia que hicieron que peregrinara de médico en médico durante los 15 años siguientes, buscando algún remedio a su enfermedad. Hasta que un neurocirujano decidió operarle. Y sí, HM despertó de la operación sin epilepsia. Y sin parte de su hipocampo, que es la parte del cerebro encargada de almacenar recuerdos. Sirva en descarga del médico que por aquel entonces todo eso no se sabía.

A partir de aquel momento HM vivió en un eterno presente, incapaz de recordar qué había leído hacía sólo unos segundos; paseando por la misma calle día sí y día también, siendo siempre la primera vez para él; con las mismas dudas y las mismas respuestas que a los pocos segundos había olvidado. No le quedaba otra, y consintió en vivir gran parte de su vida en clínicas en las que su caso era estudiado. Se aprendía del cerebro, de los distintos tipos de memoria y de los recuerdos gracias a su desgraciada existencia. En todos los estudios científicos en los que tomaba parte era citado por sus iniciales, HM, y así es como alguien sin recuerdos pasará a ser recordado.

Leí esta noticia en El Periódico la semana pasada. Y me resultó sorprendente. Porque había oído/leído algo al respecto hace tiempo, pero lo creí imposible y lo atribuí a una leyenda urbana. Además, hay una película protagonizada por Drew Barrymore y Adam Sandler ("50 primeras citas") en que le sucede algo parecido: la chica pierde la memoria y sólo es capaz de recordar lo que le sucede durante un día. Al día siguiente todo empieza de nuevo para ella, con ningún recuerdo. Su novio tienen que conseguir una cita con ella cada día y enamorarla cada día. Y al día siguiente, volver a empezar. Suena tan tremendamente increíble...

Pero el pobre Henry Molaison vivió así durante casi 60 años. Realmente, si existe Dios, ahora es el momento de HM para pedirle explicaciones.

10 dic. 2008

Una espinita (des)clavada

Hay cosas que cuando se me meten en la cabeza no tengo modo humano de sacármelas. Allí están y siguen y siguen estando. Y no se van.

Hacía tiempo (un par de meses) que pensaba que “no tengo ninguna parka negra combinable con todo y algo más larga que mi abrigo”. Pero por algo uno de mis ídolos literarios (y cinematográficos) es Scarlett O’Hara. También he adoptado como mío su "leit motiv": “Ya pensaré en ello mañana”. Y claro, el mañana se convierte en pasado mañana, y el pasado mañana en la semana que viene. Y entre una cosa y otra pasan los días y tengo la misma idea entre ceja y ceja por hacer.

Total, que un viernes por la tarde de hace dos semanas me puse a buscar mi parka negra. “Buscar” tampoco es la palabra, porque yo tenía muy claro que no pensaba gastarme más de 55 euros (5 arriba o 5 abajo) en la parka, así que el territorio de búsqueda quedó muy acotado enseguida: H&M y Promod.

En H&M tenían una, muy rollo saco, pero bastante parecida a la que buscaba (es que una parka negra no da para muchas alegrías, es una pura, simple y llana parka negra). Pero iba con mi hermana y no dejó que me la probara (Sudokera, ya te vale). Pensé que “iré luego, cuando ella no esté”, pero se me hizo tarde y lo dejé. La de Promod sí que me dejó probarla, pero me hizo dudar (“con un jersey grueso te irá estrecha”) y no la compré. Evidentemente, llegué a casa pensando “tía, eres idiota. Cuando vuelvas no habrá ninguna”. Ésa es una de las Leyes de Murphy, y todo el mundo sabe (porque lo ha sufrido en carne propia) que se cumplen.

El sábado volví al Promod (de hecho fui a 2 tiendas distintas) y, efectivamente, la Ley de Murphy había seguido su curso inexorable. No había parka negra, ni en mi supuesta talla ni en ninguna otra, como si yo la hubiera soñado y nunca hubiera estado colgada de ninguna percha.

Visto lo visto, fui al H&M. Y sí, había la parka que mi hermana no me había dejado probar el día antes. Sólo una (en plan, “cógeme, que si no te arrepentirás”). Me la probé. Y bueno… no estaba mal. Era algo similar a lo que yo quería. Así que me la compré, y mientras pagaba pensaba “jo, me gustaba más la otra del Promod”.

Así que cuando llegué a casa me conecté a Internet y entré a la tienda online de Promod. Y allí estaba la parka. Así que… me la compré. Tenían que mandármela a casa en “5 días laborables”. Pero, claro, entre puentes, sábados y domingos y que yo no puedo estar en casa un día entre semana a las 10 de la mañana (que más quisiera), no me ha llegado hasta hoy.

Hace un rato he ido a buscar mi paquete a la oficina de Correos. Y al llegar a casa lo he abierto. Y sí, mi otra parka allí estaba, súper bien empaquetadita y con olor a nueva.

En un principio tenía la intención de colgar fotos de las 2 parkas y pedir consejo sobre cuál quedarme (¡nunca me ha pasado por la cabeza quedarme con las dos!). Pero no hace falta. Porque ha sido probarme primero una y luego la otra y de nuevo la primera, y decidir que me queda infinitamente mejor la de Promod. Es más ceñidita, está mejor hecha, no es tan rollo saco, no pilla pelusas, me gusta más y me queda mejor. Además, es más barata. Me confundí a la hora de hacer el pedido online y como que las tallas francesas son distintas de las españolas pedí sin querer una talla más. Y me queda mucho mejor que la que me había probado en la tienda. Así que mañana… voy a devolver la otra (sí, no se ha cumplido otra de las Leyes de Murphy, la que dice que siempre que necesitas un tiquet de compra no lo encontrarás. Estaba bien guardadito, en “su” sitio, ése que sólo reservo para posibles compras a devolver).

Y pobre del que me diga que esta ha sido una compra (más) compulsiva de las mías. ¡Porque ha sido tremendamente meditada!

La parka es ésa (ya sé, no tiene ningún secreto, pero después de lo que me ha costado tenerla es mía, mía, mía y sólo mía).

5 dic. 2008

Rosquillas de anís

A principios de esta semana ya comenté que mi plan para el viernes por la tarde era hacer las rosquillas de anís de una compañera de trabajo que nos trae de vez en cuando y que están deliciosas. Después de mucho pedirla, hace unas semanas nos pasó la receta. Había comprado la botella de Anís del Mono, que era lo único que me faltaba, y estaba muy muy muy concienciada que de esta tarde no pasaba. Y no ha pasado, claro.

Ingredientes:

3 huevos
3 cucharadas de azúcar
3 cucharadas de anís
3 cucharades de aceite de oliva
3 cucharadas de leche
Zumo de un limón y su piel rallada
Harina blanca
2 sobres de levadura Royal

- Se montan las claras de los huevos a punto de nieve.

- En otro bol se ponen las yemas. Y se van mezclando con el azúcar, el anís, aceite, leche, zumo de limón y piel rallada. Cuando esté, se añaden las claras montadas a punto de nieve, la levadura y la harina. Se va añadiendo harina y se mezcla con los demás ingredientes con un tenedor hasta que quede una masa.

Nota: la cuchara utilizada para medir es la de sopa. De harina se añade la que se necesite para que quede una masa compacta (al no tener la medida me he asustado un poco, porque iba echando y echando y seguía faltando. Pero cuando está en su punto, se nota).

- Se mojan las puntas de los dedos con aceite (eso es en la receta de mi compañera; yo lo he probado y me va mejor con las manos embadurnadas de harina, como siempre hago) y se va cogiendo parte de la masa para hacer las rosquillas. Se hace un churro y luego se dobla por las puntas.

- Finalmente se fríen en abundante aceite que no esté demasiado caliente. Se pasan por azúcar y ¡listas!
Ya las he probado y están ¡buenísimas!

3 dic. 2008

Panteras negras

No se sabe en qué pensó el fundador de la empresa cuando decidió llamarla “Panteras negras”. Pero así se quedó. Con el paso de los años aquella empresa que en sus inicios sólo se dedicaba a hacer mudanzas con un camión más bien destartalado fue creciendo. El primer camión fue jubilado y se sustituyó por una flota mucho más moderna. La empresa creció y empezaron a realizar mudanzas internacionales.

El negocio familiar pasó del padre a los hijos. Y estaba ya a punto de pasar a manos de las hijas del primogénito. Tenían grandes ideas: querían diversificar el negocio, tocar muchas más teclas, ser mucho más vistas y conocidas. No eran ni sigilosas, ni cuidadosas ni especialmente listas y sagaces, pero creían que con ellas “Panteras negras” iba a funcionar mejor que nunca.

Rosa y Marta eran dos hermanas, gemelas. Habían nacido y crecido entre algodones, pero la belleza no las había acompañado nunca, ni de pequeñas. Demasiado lloronas y demasiado consentidas. Sólo tenían que pedir o tender la mano y el objeto que deseaban pasaba a ser suyo. Ya de pequeñas, demostraron día tras otro que eran pequeñas déspotas, pero las rabietas infantiles se les perdonaron, porque hacían gracia. Ahora, de mayores, seguían siendo déspotas, y también volubles, caprichosas e irascibles y ya no hacían gracia. Su padre quería ya jubilarse y ellas, tal y como siempre habían sabido, llevarían el negocio. Dar órdenes e imponer su voluntad se les había dado bien siempre. Trabajar ya era cosa de otros.

Llegó el día en que iban a tomar las riendas del negocio. Se presentaron juntas, un deportivo rojo detrás de otro deportivo rojo. Rosa, la primera en nacer, bajó del coche. Zapatos de tacón de aguja imposible. Falda reapretada y corpiño negro aún más reapretado. Carne asomando por todos sitios. Labios pintados de rosa chicle y melena larga, teñida de color fucsia que empezaba a clarear. Marta, la última en nacer, salió también de su coche. También con zapatos de tacón de aguja imposible y un vestido reapretadísimo estilo años 50, una talla menos de la que necesitaba. También con una melena larguísima, negra con mechas de colores, y, como su hermana, labios rosa chicle. Demasiada sombra de ojos, demasiado rimmel y demasiado colorete.

Contrajeron barriga y subieron las escaleras. Tenían ya los despachos preparados. Habían hablado ya un poco de por dónde tenía que ir el negocio y en los días siguientes acabaron de concretarlo. Un mudanzero es un mudanzero, por mucho que se llame “Panteras negras”. Lo mejor iba a ser reorientar el negocio. Transporte de obras de arte. Eso sonaba mucho mejor. Arte. Artistas. Pintores. Obras. Museos. Inauguraciones. Glamour. Invitados. Sí, definitivamente, sonaba mucho mejor. Y mucho más especializado.

Como siempre, no escucharon a nadie. No quisieron oír consejos. Empezaron pintando los camiones. Blancos, con la pantera negra de siempre enmascarada, pero con el nuevo nombre: “Panteras negras. Especializados en Arte”. Arte. En mayúsculas. A continuación se gastaron una fortuna en hacer imprimir folletos en los que anunciaban sus nuevos servicios. Los mandaron a todos los museos, galeristas y coleccionistas importantes del país. Hicieron promoción comercial puerta a puerta. Pero los trabajos no llegaron nunca.

La flota de camiones estaba parada. Los camioneros, ociosos, pasaban el día en el bar del polígono. Los trabajadores que siempre habían cargado y descargado camiones y hecho y deshecho cajas se pasaban los días fumando, pitillo tras pitillo. Los uniformes nuevos negros que habían encargado siguieron sin estrenar.

Sin hacer ruido, de la misma manera en que se había creado, “Panteras negras” cerró. ¿La culpa? La crisis económica global. Es por todos conocido que cuando las cosas van mal la Cultura es la primera afectada. Rosa y Marta nunca se plantearon que experiencia, profesionalidad, seriedad, paciencia y un buen nombre son importantes para triunfar en el mundo de los negocios.

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Historia basada en algunos (pocos) comentarios reales escuchados de aquí y de allá. El resto, si coincide o acaba coincidiendo con la realidad, será cosa de la casualidad.

Pato mareado

Hoy me he levantado mal. Ha sido poner los pies fuera de la cama y decirme "uy, chica, que eso no va". Pero me he levantado. A oscuras he ido hasta la cocina, he encendido la luz y he puesto la calefacción. Y seguía sin ir. Mareada como un pato, con la sensación que todo daba vueltas a mi alrededor. Sí, como si hubiera bebido muchísimo... pero sin probar ni una gota de alcohol. "Vértigo".

Me he duchado, mareada. Me he secado el pelo, mareada. Me he vestido, mareada. He desayunado, mareada. Y me ha pasado lo que ya me había sucedido en ocasiones anteriores. Que bajar yo sola el taburete es complicadísimo, porque "veo" que el suelo se "desplaza". No, no estoy loca, sólo tengo vértigo.
Así que me he vuelto a la cama. Me he desvestido, me he puesto el pijama, y ala, estirada y a oscuras, que al menos así la habitación no me da vueltas. Dormitando a ratos y pensando que "ya pasará", como siempre hace. Ahora me he levantado para ir a buscar el portátil y, si me muevo, la casa se mueve conmigo. Y si miro al suelo, lo veo deslizándose a la vez que yo ando, pero en direcciones opuestas. Así que mejor que perree un rató más y me quede quietecita. Pero es un asquito total estar así.

1 dic. 2008

Yo tengo...

Si hace unos años alguien me hubiero dicho que yo compraría una botella de "Anís del Mono", no le habría creído. ¿Anís? ¿Yo? ¡Imposible! ¡Si es una bebida que sólo beben los abuelos!

Y no, tampoco es que me haya dado por alcoholizarme lentamente, tomándome una copita de anís cada día, mientras desayuno antes de salir a casa (aunque con el frío que hace estos últimos días es para pensárselo, que como mínimo entraría algo en calor).

Lo que pasa es que, como siempre, me ha podido la gula. Sólo necesitaba tres cucharaditas de anís... pero como que lo venden en botellas de litro, pues...

Sí, es que tengo una compañera en el trabajo que de vez en cuando nos trae unas rosquillas de anís buenísimas que hace ella. Y hace unas semanas, después de mucho insistir, nos pasó la receta. Parecen fáciles, y tenía todos los ingredientes en casa... menos el anís. Pero ahora ya lo tengo. Y este viernes por la tarde: ¡a hacer rosquillas! Y si salen bien, a repetir, porque ¡tengo anís para rato!
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También tengo otra cosa. El pasado jueves ya cambié euros a libras inglesas. Para mi escapadita de la próxima semana a Londres. Cambié 250 libras (unos 312 euros) para 4 días y 2 personas. Y soy consciente que, con lo caro que es todo, no habrá suficiente y seguramente tenga que volver a sacar de los cajeros. Cuando salí del banco, con mis libras en el bolsillo, no pude evitar hacer números... y memoria.

Porque cuando tenía 14 y 15 años pasé un mes de cada verano en Inglaterra. El primer año en Luton y el segundo en Cambridge. Fuí ambos años becada por el MEC (Ministerio de Educación)... por error, que yo no me encargué de corregir. Las becas eran para estudiantes de 3º de BUP y de COU. Y yo, el primer año que fuí, cursaba 3º de ESO (de forma totalmente experimental, aún faltaban años para que se implementara). Supongo que a la gente que revisaba la documentación se le pasó completamente esa pequeña diferencia. Y me concedieron la beca. Yo estaba que ni me lo creía. Al año siguiente me renovaron automáticamente. Tampoco acabé de creérmelo hasta que el avión empezó a despegar.


Pues bien, recuerdo que para esos dos años mi abuelo me dió 300 libras para pasar un mes entero (al cambio de entonces eran 50.000 pesetas clavadas). ¡Y me sobraron! Vale que teóricamente tenía la "pensión" cubierta en una familia, pero es que la comida era tan tremendamente espantosa que yo -como muchos más de los estudiantes- terminé comprándomela aparte o yendo al McDonald's día sí y día también (y eso que no me gusta nada el McDonald's). Y pagué excursiones "extras". Y salí día sí y día también (falsifiqué un Carnet Jove caducado, en el que puse que tenía 19 años para que me dejaran entrar en los pubs). Y no me privé de nada. Y cuando volví a casa el primer año me habían sobrado 50 libras, que al año siguiente aún conservaba porque no las cambié. El segundo año, con mis 350 libras (la 50 del año anterior más las 300 "nuevas" que me había vuelto a dar mi abuelo), me compré ropa, seguí saliendo, haciendo excursiones extras, comiendo fuera de la casa, yendo al cine 2 o 3 veces por semana... En definitiva, me "administré" mejor y volví sólo con la calderilla. Pero viví como una reina.

Y ahora... 250 libras (que son menos que las 50.000 pesetas de hace 15 años pero cuestan más) no me van a durar ni 4 días.

27 nov. 2008

Ir de profundo

Esta semana he terminado de leerme "La elegancia del erizo", de Muriel Barberry. Es un libro extraño y bastante curioso. Me ha gustado bastante, aunque tiene trozos que, al menos para mí, son un poco tostón. Pero destila una fina ironía que me encanta, y más de una vez debieron sorprenderme con una media sonrisa bobalicona asomando por los labios mientras leía en el tren o en el bar de los desayunos.

La historia la cuenta Renée, una portera viuda de unos cincuenta años que se esfuerza por parecer que es como se presupone que son las porteras. Permanentemente hurañas. De inteligencia más bien escasa. Pero no es lo que parece. Es lista y muy culta. Hay otra narradora: Paloma, una chica de 12 años superdotada, hija de un ministro francés que vive en el edificio que cuida Renée. Ella es superdotada, pero también se esfuerza en hacer ver que no lo es. Toda esa ocultación, ese parecer lo que no es y decir lo que no se piensa, acabará con la llegada de un nuevo habitante en el edificio que las desarmará.

Paloma, la chiquilla superdotada, lleva un diario secreto de "Pensamientos profundos". Hace un rato estaba pensando en los pensamientos profundos de la gente. Bueno, no tanto en los pensamientos profundos, sino en la gente que va de profunda. Paloma esconde sus pensamientos, se los guarda para ella... pero esa gente, los que van de profundos, viven para pronunciarlos (y muchas veces por su boca salen soberanas tonterías). Y se convierten en el centro de atención. "Yo creo", "Eso significa", "En la vida", "Un día que estaba fumado tuve una revelación"... buf, no los soporto. Es que a mí según qué pensamientos profundos me aburren. Será que yo asocio profundo a algo interior, y si es interior se lo tiene que quedar uno para él mismo. Cuando se exterioriza deja de ser profundo y pasa a ser pretencioso, petulante, engreído.

A ese tipo de gente yo los catalogo como "los que van de profundos". Para mi hermana son "los que van de guays". Y tengo un amigo que cuando habla de ellos les llama "los que van de bohemios". Da igual como se los llame, profundos, guays, bohemios o lo que sea. Lo que importa es que "van de". No son ellos. Se presentan bajo una máscara falsa. Al revés de lo que hacen Renée o Paloma, que quieren pasar inadvertidas. Para los que "van de" lo importante es mostrarse, que los vean, que los oigan. ¿Finalidades? Bueno, yo sé de uno que lo utiliza para ligar. Para mi es un auténtico pelma, un coñazo de tío que cuando actúa así me da bastante pena y mucha más grima, pero se ve que le funciona. Claro que luego todo queda en nada. Y supongo también que todo eso va ligado a las inseguridades que tiene cada uno. Pero a mí esa gente no me gusta. Ni los que "van de", ni los fantasmas ni la gente con múltiples caras.

Con gente así en el mundo, no me sorprende nada la actitud de Renée y de Paloma. Más vale convertirse en un elegante erizo, que a primera vista pincha con sus púas, pero que por dentro es cálido, rosado y mucho más amable.

25 nov. 2008

Meme (V, creo): yo con verbos

Hace ya bastantes días, Julia, de En busca de la estabilidad, me nominó a un meme. Se trataba de contar 7 cositas sobre mí. Como que me quedé sin portátil y entré de pleno en mi particular "semana horribilis", el meme fue quedando atrás, pero yo recordaba que lo tenía pendiente. Hoy, Julia ha publicado en su blog un nuevo meme. No ha nominado a nadie, pero ha dicho expresamente que si a alguien le apetece hacerlo, pues adelante. Y a mí me gusta más este que el otro. Y como que en ese cuento más de 7 cosas sobre mí, pues… que lo cambio. ¿Sí? Pues ahí voy.

Yo tengo… umm, ahora mismo tengo unas ganas locas de llegar a casa, quitarme los zapatos de una patada, estirarme al sofá y que alguien me prepare la cena.
Yo digo… que a ese paso lo que fue una "semana horribilis" se está convirtiendo en un "mes horribilis". Diciembre, por favor, llega ya. Si es lo que digo, las semanas con 5 fines de semana no son buenas, y no tan solo por mi economía.
Yo pierdo… las cosas, cuando las necesito (las llaves, las gafas… la cabeza). En el trabajo, los expedientes. Últimamente aparecen en el contenedor de reciclar papel que tengo al lado de mi mesa. Sí, ya sé, soy yo, pero no me acuerdo. ¿Pierdo la memoria? Ummm… el subconsciente, que me traiciona (porquería, a la basura).
Yo necesito…. Que llegue diciembre, para poder irme a Londres unos días y para tener otros días de fiesta para descansar.
Yo debo… dinero, por suerte, no, no debo. Debo hacer unas cuantas cosas pendientes: planchar (los montones de ropa y yo somos enemigos irreconciliables), hacer de cocinitas (encerrarme una tarde en la cocina y avanzar la comida para toda la semana. Cuando termino me siento súper bien conmigo misma. Claro que hace semanas que no me siento bien conmigo misma… ).
Yo temo… pues como Julia, perder a los que quiero. Y también no decir lo que siento cuando lo siento, quedarme callada cuando debo hablar...
Yo creo… que no hay mal que mil años dure. Por suerte.
Yo sé… que hay veces que no sé nada. O que lo que sé no sirve. Así que es como si no supiera.
Yo lloro… bastante poco, la verdad. Y si tengo que hacerlo, intento que no sea con público alrededor.
Yo canto… mal, muy mal. De verdad, no es lo mío.
Yo río… por cosas absurdas. La última vez ha sido hace unas horas, en un bar mientras me tomaba un café y estaba leyéndome un libro. Me he dado cuenta que estaba riendo sola del libro. ¡Qué vergüenza!.
Yo miento… nunca. ¡Uy! Acabo de hacerlo. En serio, mentiras piadosas sí, como todo el mundo.
Yo vivo… intento hacerlo como quiero, aprovechando los días y los momentos. Pero hay veces que el "como quiero" se convierte en "como me dejan".
Yo bebo… últimamente, de alcohol poquísimo. Agua, mucha.
Yo pienso… que hay algunas cosas que quiero cambiar de un aspecto muy concreto de mi vida. Pero de momento, sssshhhhtttt, secreto.
Yo escucho… si lo que me cuentan me interesa, con muchísima atención. Si no me interesa, hago ver como si me interesara muchísimo, pero yo en mi mundo. Que no me pregunten luego qué me estaban contando.
Yo como… intento hacerlo bien, de forma saludable y tal. Pero el picoteo, tanto de dulce como de salado (soy tan poco selectiva!) es mi perdición y el gran culpable de mis kilos de más.
Yo disfruto… en buena compañía, con un buen libro, con una buena película, haciendo cosas que me gusten…
Yo aprendo… algo cada día. Hoy he aprendido que una abeja reina copula con al menos 15 abejorros machos, uno detrás de otro. Todos ellos mueren porque su "miembro" queda dentro de la reina, que los castra al acabar el coito. Ya puedo irme a dormir…
Yo olvido… lo que no me interesa, a toda velocidad. Algunos temas de la oposición los olvidé al momento de salir del examen, por ejemplo.
Yo hablo… intento no hacerlo si no sé de qué va la cosa. Es la mejor forma de evitar meteduras de pata.
Yo compro… ropa y libros. Son mis dos grandes adicciones confesables. Aunque intento controlarme, sobretodo con la ropa.
Yo veo… ahora mismo una mesa llena de post-its con notas y recordatorios de cosas que, sinceramente, no me apetece nada hacer.
Yo quiero… uy, ya lo he dicho un poco, no? A cortísimo plazo, estirarme en el sofá y que alguien cocine para mí. A medio plazo, irme a Londres a pasar frío. A largo plazo no lo había dicho, pero quiero que los momentos de felicidad estén mucho más presentes que los otros. Normal, ¿no?
Yo soy… una persona muy desordenada a primera vista (pero, ojo, que en este desorden está "mi" orden), un poco lunática (porque me interesan muchas cosas sin conexión aparente y me da una terrible pereza explicar las conexiones a gente que realmente no le importa) y bastante contradictoria (eso, como la vida misma). Eso sí, yo tengo muy claro cómo soy y lo que quiero. Pero contarlo, cuesta.

Como Julia, no voy nominar a nadie. Pero si alguien quiere hacerlo, adelante, el meme es todo suyo.

También fue Julia quien, aún hace más días, me dio un premio. Como todos los premios, me hizo especial ilusión. Mil gracias de nuevo, Julia.

Decidir a quién dárselo es complicado. Porque se lo daría a muchos blogs: a Démo con su Todo un Punto, que han vuelto esta semana; a Gema y su Alegría; a Cristina y su En Barcelona; a Casandra y su Certificado de existencia; a Aïcha y su Only Hope; a Knook y su Knook and go; a Isa por su Isablog; a Tam y su Con los cuatro; a Mariló y su Página en blanco; a Maba y a su Escaparate del bazar. Ésos por citar a algunos, pero para mí pueden darse por premiados todos los blogs que tengo linqueados en mis "favoritos".

23 nov. 2008

20 de noviembre: 20 años

El pasado jueves era 20 de noviembre y se celebraron los 20 años de la Convención Internacional de los Derechos del Niño. Yo tenía pensado publicar este post aquel día, pero no pudo ser. Mi "semana horribilis" de la que hablaba en el post anterior acabó convirtiéndose en una "quincena horribilis" y hubo cosas que tardaron más de la cuenta en ser solucionadas. ¡Pero al menos se solucionaron! No está del todo, pero digamos que "estoy en el camino correcto", o "progreso adecuadamente".

Bien, al tema. El 20 de noviembre yo me sumé a la fiesta y fuí a unas "Jornadas sobre Infancia". Esperaba encontrarme una cosa y me encontré con otra totalmente distinta. Me decepcionaron un poco, la verdad. Sólo reiteraron una cosa, que yo ya pensaba, que valió la pena.

Muchas veces se acostumbra a ver a los niños sólo como titulares pasivos de los derechos (tener derecho a...una atención correcta, a la educación, a unas condiciones de vida que les permitan forjarse como personas...). Pero no se piensa en ellos como titulares activos de derechos. Y en los países desarrollados (lo que sucede en el Tercer Mundo es otro tema completamente distinto, allí los derechos son simples palabras en papel mojado) es hacia dónde debería irse. No deberíamos de pensar en los niños como personas distintas a nosotros, con derechos distintos (o de menor importancia). Por lo tanto, si quieren reclamarlos, deben poder hacerlo. En definitiva, se trata de escucharles, de saber qué quieren, de que su opinión sea válida. Igual así la opción de la chica inglesa que ha renunciado a seguir un tratamiento no nos sorprendería tanto. Siempre con límites, eso sí, pero deben tener la oportunidad de ser tomados en serio, de reunirse si quieren, de poder hacer muchas más cosas que no choquen con el mundo adulto. Que dejen de ser vistos como "pequeñas personas" para convertirse en "personas" a secas.

En otros países no tiene ni sentido plantearse que los niños son titulares "activos" de derechos. Allí tienen que reivindicarse sus derechos básicos desde el inicio (a la vida, a la integridad física, a su pleno desarrollo, a la educación, a unas condiciones de vida dignas...). Los suyos y los de sus padres. No a la explotación sexual de niños y niñas. No al trabajo infantil. No a los niños guerreros. No, no y no.

Hace no demasiados días vi una fotografía de un niño africano sosteniendo una arma casi más grande que él. Luego, en el tren, seguí pensando en la foto y mi imaginación voló.

"Recordaba que siempre había pasado hambre. Él y todos sus hermanos. Pero él había sido más fuerte. O igual sólo había tenido más suerte. Cerraba los ojos y veía a sus hermanos desnutridos, inmóviles, llenos de llagas y cubiertos de moscas que ya no tenían ni fuerzas para espantar. Y veía a su madre, delgadísima, con las cuencas de los ojos hundidas, con una mirada que ya estaba muerta en vida. No hablaban. Sin esperanza, permanecían estirados en el suelo.

Hay un periodo de tiempo que se pierde en su memoria. Murieron todos sus hermanos y su madre. Su padre ya nunca estuvo. Todo eso no se lo ha contado nadie, no es necesario, peró él lo sabe. Y él despertó en una tienda en las montañas. Junto a él, más niños. Ninguna niña. Los que les daban de comer no les hablaban. No eran amables, no preguntaban, no explicaban. Pero tenían comida. Y ellos comían. Y se recuperaban.

Todo en su vida tenía un precio. Y cuando pudo andar le dieron una metralleta. Pesaba y le costó aprender a sujetarla. Pero los golpes que recibió y el recuerdo del hambre lo convencieron. A él y a los demás niños. Cuando tu vida no ha valido nunca nada, tampoco das valor a la vida de los demás. Así que aprendió a disparar. Primero sólo a disparar; después a dar en el blanco.
Tenía sólo 8 años y muy poca vida por delante. La metralleta, su hombro, y su brazo y mano derecha se convirtieron en uno sólo. Su mirada, vacía y fría. Ilusiones, ya nunca había tenido. Esperanza, tampoco. El disparo que acabó con su vida no le causó dolor. Sus ojos, abiertos, mirando al cielo."

18 nov. 2008

Semana horribilis

Esta de hoy es una entrada rápida. Escrita a vuelatecla. “Vuelatecla”. Me encanta esa palabra. No existe en el RAE, por cierto. Me sugiere… me sugiere, sí, un teclado desintegrándose…

Al tema, que es una entrada rápida (y se supone que corta). Hay gente que tiene malos días. La Reina de Inglaterra hace unos años tuvo un “annus horribilis”. Y yo, la semana pasada tuve una semana “horribilis”. Pues sí, ni un día malo, ni dos, ni tres… No. Tuve todos los días malos. O más malos que buenos.

En resumen:

- Volvió a estropearse la caldera de la calefacción. Tenía una garantía de dos años, y fue cumplirlos y empezar a escacharrarse. En dos meses, dos veces. Pero esa vez fue con total alevosía. El día que llegué a casa más tarde de la semana, el día que hizo más frío de toda la semana. Escogió ese día. Nunca agradeceré lo bastante a la teleoperadora pesada que me llamó el año pasado para ofrecerme que contratara el servicio ServiGas. Y por aquellas cosas de la vida no me apeteció colgarle el teléfono y, sin pensarlo demasiado, lo contraté. Menos mal.

- El móvil nuevo cayó dentro un vaso de agua (lleno de agua, claro). Ya sé, sueña extraño, pero es posible. Ingredientes: móvil nuevo (si es viejo no sucederá nunca), barra americana en la cocina, un vaso de agua lleno en el fregadero y una pava medio adormecida y bastante torpe (yo). Hora: las 6:30 de la mañana (en otra hora tampoco sucede). La pava tiene que estar desayunando, sentada en el taburete al otro lado de la barra. El móvil, encima de la barra. La pava tiene que estar haciendo como que lee el periódico de 4-5 días anteriores. Y al pasar las páginas, rozar como quien no quiere la cosa el móvil… y ¡plof!. Increíble pero cierto. El móvil estará ahogándose en un vaso de agua.

- Mi queridísimo portátil (y eso, que es queridísimo, no me he dado cuenta hasta que lo he perdido, como tiene que ser, que se echan de menos las cosas/personas cuando no están) ha muerto. Bueno, igual no ha “muerto” aún de forma total, pero no lo puedo utilizar, no hay manera humana de usuaria normal que se reinicie. Está en fase terminal, esperando un transplante de no se sabe aún bien qué órgano y alguna operación a concretar por el correspondiente cirujano de turno. Yo creo que el cirujano de turno probará aquello del “ensayo y error”. Si sale, sale. Si no sale, a seguir probando.

¿Conclusiones? Bueno, la caldera se arregló en un periquete, pero el técnico ya me dijo que cuando empiezan a fallar siguen fallando regularmente, y que fuera pensando en cambiar algunas piezas. El móvil se salvó. Tuve que escurrirlo, sacar la tarjeta y la batería y secarlo con el secador de pelo, pero se salvó (tengo experiencia en ahogar móviles nuevos) y de momento parece que sigue funcionando. El portátil sigue en la UCI, y allí estará por no sé cuánto. Igual sobrevive o igual no. Si la operación prevista va bien, mañana igual ya tiene el alta. Si no, creo que mi ritmo de actualizaciones del blog bajará.

Esta semana, por fuerza, irá mejor. Es imposible que sea peor.

13 nov. 2008

Los que callan

Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo”. Con esta frase, atribuida a Voltaire, se resume perfectamente qué significa la libertad de expresión. Poder opinar libremente, sin miedo a represiones y a censuras.

En nuestros tiempos esto debería estar superado. Se trata de una de las libertades básicas en cualquier estado democrático. Pero es que hay tantísima intolerancia en el mundo que, lamentablemente, no es así.

De unas semanas para acá están saliendo en los medios de comunicación distintas noticias sobre historias personales prácticamente idénticas. Con distinto nombre y distinto lugar de procedencia, pero esencialmente idénticas.

Por un lado tenemos a Roberto Saviano. Es un joven escritor napolitano, de tan sólo 29 años, que en 2006 publicó “Gomorra”. El libro retrata perfectamente la Camorra italiana, con datos reales, nombres y apellidos. Fue un superventas y ha sido recientemente llevado a la gran pantalla (la película recibió el gran premio del Festival de Cannes de este año, y el pasado fin de semana Saviano se encontraba en España, presentando el filme). Él recibió primero llamadas anónimas; luego, amenazas de muerte, y finalmente ha terminado por llevar escorta policial las 24 horas del día. Desde que se supo que la mafia planeaba un espectacular atentado contra él y su escorta, vive fuera de Italia.

Por otro lado tenemos a Sherry Jones. La importante editorial estadounidense Random House le había encargado un libro sobre Aisha, la segunda esposa del profeta Mahoma. Cuando fue el momento de publicar la novela (de carácter histórico con tintes románticos), Random House canceló el contrato. ¿La razón? Miedo a posibles represalias por parte de integristas islámicos. Finalmente la novela ha sido publicada por editoriales pequeñas con el nombre de “La joya de la medina” y ha acabado siendo vapuleada por las críticas de aquellos que creen que no refleja la realidad. La casa del editor de la novela en Inglaterra fue atacada.

También tenemos al autor chino Ma Jian, que está ahora mismo promocionando su libro “Pekín en coma” en España. Ayer La Vanguardia y ABC publicaron una entrevista suya, y hoy lo hacía El Periódico. En este libro denuncia los métodos brutales de represión que utiliza el régimen chino, que él vivió en su propia piel en la protesta de Tiananmen, hace 20 años. Ma Jian vive exiliado en Londres y sus libros están prohibidos en China.

Son tres escritores que están ahora mismo en la palestra pública. Pero ha habido muchos más.

Uno de los más famosos es Salman Rushdie. Desde que publicó en 1988 “Los versos satánicos”, que según los fundamentalistas islámicos ridiculiza a Mahoma, está amenazado de muerto y se encuentra bajo protección del gobierno inglés las 24 horas del día. El ayatolá Jomeini lanzó una fatwa (una condena) contra el escritor y llegó a ofrecer una recompensa de 3 millones de dólares para quien lo matara. Hace ya unos años, con Jomeini muerto, el gobierno iraní dijo que ya no perseguía la muerte de Rushdie, pero los más fundamentalistas siguen considerando que la fatwa no ha sido revocada porque sólo puedo hacerlo el mismo que la ordenó. Y Jomeini hace años que está muerto.

Salman Rushdie también vive en Londres, permanentemente protegido, y nunca han conseguido atentar contra él. Pero su traductor al japonés fue asesinado en Tokio; el italiano, apuñalado en Milán, y su editor noruego fue tiroteado.

También Nawal al-Sadawi, escritora egipcia, ha sido perseguida en su país natal durante años debido a sus libros y ¡artículos médicos! sobre la situación de las mujeres en el mundo. Llegó a pasar dos años en prisión y también se exilió en Londres. Ciertas organizaciones islámicas de carácter integrista han prohibido sus libros.

Roberto Saviano, Sherry Jones, Ma Jian, Salman Rushdie y Nawal al-Sadawi son sólo cinco nombres con sus apellidos. Ha habido muchos más a lo largo de la historia, en la que ha habido quemas de libros –y a veces de sus autores- porque no gustaba lo que decían. Pero que esto pase en la actualidad es bastante preocupante. Nos llenamos la boca con palabras bonitas como solidaridad o libertad, pero muchas veces se quedan en sólo palabras y los censores, los avasalladores y los represores siguen censurando, avasallando y reprimiendo.

11 nov. 2008

Käthe Kollwitz

Este pasado verano, cuando visité Berlín, contraté una visita guiada. El guía, en un recorrido interesantísimo, nos llevó a ver “Die Neue Wache” (“La nueva guardia”), en Unter den Linden. Ese edificio sólo alberga una estremecedora reproducción de una “Madre con hijo muerto”, de Käthe Kollwitz. La estatua parece una Piedad, pero aquí, en lugar de ser la Virgen la que sostiene en sus brazos a Jesucristo muerto, es una madre anónima la que sostiene en brazos a su hijo, un soldado, muerto.


Käthe Kollwitz fue una pintora, escultora y artista gráfica alemana. Nació en 1867 y murió en 1945, muy poco tiempo antes de que acabara la Segunda Guerra Mundial. Vivió las dos grandes guerras y sufrió sus consecuencias en primera persona. En 1917 murió uno de sus dos hijos en el frente. Y durante la Segunda Guerra Mundial murió su nieto, también en una acción militar. Perder a un hijo, más tarde a un nieto, y ver cómo evolucionaba el mundo que ella conocía, la marcó. Evidentemente, todo eso se reflejó en su obra.

Todas sus obras desprenden tristeza. La “Madre con hijo muerto” que se encuentra en Die Neue Wache, a pesar de estar dentro de un edificio, se encuentra justo debajo de un agujero del techo. Si llueve, la madre se moja y parece que llora. Por la pérdida de su hijo. Por la absurdidad de otra guerra más. Y por tener que volver a sentir ese dolor desgarrador que ya había sentido anteriormente. Si nieva, la estatua puede aparecer cubierta por un blanco manto de nieve. Como tantos y tantos soldados que perecieron en la campaña rusa. Y el frío y la tristeza intentan colarse hasta sus huesos de piedra.

Die Neue Wache estuvo dedicada inicialmente a las víctimas del fascismo. Desde hace unos años es un monumento en memoria de todas las víctimas de la Guerra (en genérico) y de la tiranía de todo el Mundo. Casa mejor con el carácter pacifista de Käthe Kollwitz, que también había retratado a los pobres, a los desfavorecidos y a los obreros que malvivían con un mísero sueldo y luchaban por conseguir una mejora de sus condiciones laborales.

A partir de los años 30 la obra de Käthe Kollwitz estuvo prohibida, y ella no pudo exponer. Irónicamente, el régimen nazi utilizó algunos de sus dibujos para fines propagandísticos. La GESTAPO llegó a amenazarla con deportarla a un campo de concentración. Pero la presión internacional (era una artista reconocidísima) los detuvo. Vivió -eso sí- recluida durante la guerra, primero en su casa de Berlín y luego en Dresde, donde murió.

"La muerte agarrando a una mujer" es una litografía que hizo Käthe Kollwitz en 1934. Pertenece a una serie que llamó "Muerte". Deja bastante claro lo que intuía que sucedería y cuál era su estado de ánimo.

Hoy me he acordado de Käthe Kollwitz y de su “Madre…”. Estoy a punto de acabar de leerme “Una princesa en Berlín”, de Arthur R.G. Solmssen, que trata precisamente del Berlín de entreguerras, con una moneda que pierde valor minuto a minuto; con una creciente violencia protagonizada por sujetos con nombres y apellidos que se harían tristemente famosos (Hermann Goëring, Adolf Hitler…) y que empiezan a culpabilizar a los judíos de esa situación; con gente que intenta vivir al día, porque no saben qué sucederá mañana… Pues bien, el último capítulo empieza con la reproducción de un dibujo de Käthe Kollwitz. Triste y desesperanzador. Y claramente premonitorio de lo que sucedería en los años siguientes. No he podido evitar recordar Die Neue Wache y la “Madre con hijo muerto”. Y he vuelto a tener el mismo escalofrío que tuve durante aquella mañana del pasado mes de julio, cuando estaba delante de la estatua de Käthe Kollwitz, sintiendo yo también una tristeza absoluta por otra pérdida inútil.

8 nov. 2008

Galletas a los tres chocolates

Galletas a los tres chocolates. ¿Suena bien, no? Como mínimo suena apetecible. Goloso. Y demasiado calórico, pero eso a esas alturas ya da igual.

Todo eso lo pensé yo cuando vi la receta en una revista. También pensé que eran súper fácil de hacerlas. O eso parecía. Azúcar, harina, mantequilla, huevo. Y los tres chocolates: chocolate negro, chocolate con leche y chocolate blanco. Además, todo indicaba que no se ensuciaba demasiado. 15 minutitos de nada al horno y listas.

Y hoy he pensado: ésa es la mía. Estaba sola en casa, con muchas horas por delante y todo lo que necesitaba para hacer las galletitas a mano.

He empezado pesando las cantidades. Las he clavado a lo que decía la receta. He amasado con las manos. Luego venían los huevos. Un huevo y una yema. Eso ya me ha tocado un poco las narices. No me gusta tener que tirar parte de los huevos. De hecho, no soporto tener que tirar comida. Pero, nada, que como que era el primer día que hacía las galletitas, pues mejor seguir a rajatabla la receta.

Ummm... "Hacer una bola con la masa y reservarla en la nevera". ¿Una bola? ¿Con "eso"? ¡Imposible! Se me enganchaba por los dedos, tenía masa en las gafas, en la sudadera... Estaba demasiado "líquido". Y yo: fijo que es culpa de los huevos. La receta sólo habla de "un huevo y una yema". "Mis" huevos son camperos, y extra-grandes. Claro, demasiado grandes. Da igual... si tiene que ir a la nevera, a la nevera.

Pasado un tiempo prudencial, la saco. Está dura, pero no se puede hacer una bola con ella. Opto por pasar de hacer la bola y aplastar la masa directamente, para poder cortar. Ya no está dura. Se engancha por todos sitios. Imposible cortar nada. La masa tiene vida propia. Se engancha. Se arrastra. ¿La tiro? No... ya sé, hago bolitas y las aplasto con las manos. Igual así se salva. Vale... ¡Mierda! ¡No he tirado los tres chocolates troceados! Da igual... vuelvo a juntarlo todo, vuelvo a amasarlo y tiro el chocolate. Vuelvo a pringarme. Y vuelvo a hacer bolitas y a aplastarlas con la mano en la bandeja del horno.

Lo meto en el horno. 15 minutos. Se me queman las galletas por debajo. Las saco. Rompo la receta de la revista en mil pedazos y la tiro a la basura. Miro las galletas y estoy por tirarlas. Las huelo. Mal, no huelen. Huelen a chocolate. De momento, se salvan.



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Por cierto, ya sé que no viene a cuento. Pero tengo que decirlo. El Barça está que se sale (tengo puesta la tele, me ha acompañado durante todo el proceso desastroso que acabo de describir). Lleva 5 golitos, 4 de Eto'o. Perdón, Henry acaba de marcar el sexto.

El tío que retransmite el partido es gafe, por no decir otra cosa que también empieza por g, pero en sentido positivo (lo de gafe, no lo otro, se entiende). Justo Eto'o acababa de marcar el primero y va y suelta que "las estadísticas dicen que el camerunés marca un gol cada 80 minutos. Si el árbitro alarga el partido unos pocos minutos le va a dar tiempo de marcar otro". Sí, sí... Primer gol al minuto 12 aproximadamente; segundo al 30; tercero al 40 y cuarto al 43. Toma ya. Estadísticas...

Messi ha marcado el séptimo. Pero estaba en fuera de juego... Faltan 5 minutos para que termine el partido...

5 nov. 2008

La misteriosa llama de la reina Loana

En un post de septiembre, sobre Tokio Blues, hice referencia a una entrevista que El País había hecho a su autor, Haruki Murakami. En ella, decía que era “... incapaz de sentir interés en novelas que no causen desconcierto en los lectores. (...). Lo que quiero decir es que las novelas largas que no hagan cuestionarse a los lectores el sentido de la historia, el flujo de su conciencia o la firmeza de la base de su existencia, no deben escribirse ni leerse.” Y no hace demasiado leí –o escuché, ya no me acuerdo- que un buen libro es aquel que hace plantearse cosas a quien lo lee. Viene a ser lo mismo que dijo Murakami pero en otras palabras.

Ayer terminé de leerme “La misteriosa llama de la reina Loana”, de Umberto Eco. A medida que lo leía no podía dejar de plantearme cosas y de recordar otras cosas de mi vida que tenía medio olvidadas. Recordaba también las palabras de Murakami y pensaba que Eco estaba logrando en mí lo que pretendía al escribir la novela. Así que, sí, para mí, es un buen libro. Pero con algún que otro matiz. Es una historia un poco “rara” y muy personal. El argumento en sí está ya bastante visto, aunque su tratamiento sí que es original.

Yambo es un vendedor de libros antiguos que, debido a un ataque al corazón, entra en coma. Cuando despierta, ha perdido la memoria episódica (los recuerdos de su vida, quién es, su propio nombre). Sí que conserva la memoria semántica (lo que ha aprendido en libros, y eso es mucho, porque el hombre ha leído mucho) y la memoria implícita (los actos cotidianos reflejos como conducir, usar tenedor y cuchillo, cepillarse los dientes...). Como que es incapaz de recordar su vida decide reconstruir su memoria volviendo a la casa del campo de la familia, en Solara, dondé pasó su niñez.

En el desván de la casa de Solara reencontrará los libros, los cómics y los discos que escuchó en su niñez y en su adolescencia, que transcurrió en la Italia de los años de la Segunda Guerra Mundial. A través de todo ese material, además de reconstruir la memoria de Yambo, Umberto Eco debe haber conseguido reconstruir la memoria de toda esa generación que compró los mismos cómics, escuchó los mismos programas de radio, leyó los mismos libros de aventura, disfrutó con la misma música...

Yo no soy de su misma época, pero también he podido reconstruir mi memoria. He viajado 20 años atrás, cuando con mi paga semanal compraba los cómics de El Jabato que Ediciones B estaba reeditanto. Y mi hermana hacía lo mismo con El Capitán Trueno. Me he acordado de las aventuras del Jabato, de Claudia, su novia romana, del gigante Taurus, del poeta Fideo. Y también he recordado al Capitán Trueno, a Sigrid, a Goliat y a Crispín. Y al Corsario de Hierro y a Bianca, la intrépida princesa veneciana que le acompañaba en gran parte de sus aventuras.

También han vuelto a mí las aventuras de Emma, una bruja buena que intentaba llevar una vida normal, a pesar de sus poderes. Y las historias de Esther, que hace nada se han reeditado. Y las viñetas de la Rue del Percebe, 13. Y Mortadelo y Filemón. Y Mickey. Y muchísimos más. Todos ellos se guardan aún en cajas en casa de mis padres.

Como Yambo –y como Umberto Eco, supongo- yo también leí los grandes clásicos de aventuras que me hacían soñar y viajar muy lejos. “Sandokán”, “El corsario Negro” y “Yolanda, la hija del corsario Negro”, de Emilio Salgari. He recordado que me fascinaba Yolanda, porque era una mujer valiente, luchadora e independiente. Pero también pasaron por mis manos “Los tres mosqueteros” y el grandioso “El conde de Montecristo”, de Alexandre Dumas. Y “Las aventuras de Tom Sawyier”, de Mark Twain. Y leí bastantes veces “La isla del tesoro” y Viaje al centro de la tierra”, de Robert L. Stevenson. Algunos de esos libros los tenía también en cómic, de Editorial Bruguera.
Pillé de la biblioteca todos los libros de Enid Blyton: los de “Los cinco”, los de “Los siete secretos”, los de las aventuras de “Las mellizas de Santa Clara” y los del internado “Torres de Mallory”. Y no los leí sólo una vez, sino varias. Luego vinieron las aventuras y los misterios de “Los Hollister”, del americano Jerry West, una familia numerosísima que estaba permanentemente de vacaciones. Y las de la chica danesa “Puck”, de Lisbeth Werner, que crecía libro a libro y semestre a semestre, hasta que, en el último, se casaba con 18 años cuando acababa el instituto y se iba a vivir a Valparaíso, en Chile.

Todos esos –y muchos más: mitologías de todos los rincones del mundo, fábulas, leyendas conocidas y no conocidas- fueron los libros de mi infancia. Me ha gustado mucho leer “La misteriosa llama de la reina Loana” porque me ha hecho recordar. Mi particular revulsivo ha sido la novela de Umberto Eco. En cambio, el revulsivo para Yambo es la reina Loana misma, un personaje de una tira de cómic americano que, cuando se encuentra perdido entre una niebla espesa, le viene a la cabeza y se da cuenta que puede volver a ver la luz.

3 nov. 2008

Llega a su fin

Después de un año oyendo más de lo mismo a todos sitios y a todas horas.
Después de las elecciones primarias más televisadas que he visto en mi vida (que ya sé que no es excesivamente larga).
Después de aprender qué son los caucaus.
Después de si Hillary sí, Hillary no, Obama sí, Obama no. Y que al final ganara Obama.
Después de una pre-campaña eterna, que tengo la sensación de haber vivido como si fuera ciudadana americana y que, ni queriendo, he podido escaparme a ella.
Despés de, por fin, una campaña electoral marcada por la crisis, por los parece-que-se-hunde-Wall-Street, por Joe el Fontanero.
Después de conocer a Sarah Palin, la candidata a vicepresidenta más inverosímil. Ni el mejor guionista de comedias de Hollywood hubiera sido capaz de crearla.

Después de tanto tiempo, POR FIN. Mañana son las elecciones. Y parecen las de aquí. Los presentadores "estrella" de muchísimos programas de radio y de televisión emitirán desde Washington o Nueva York. Da igual. Eso se acaba. Y sabremos si:


¿OBAMA? o ¿MC CAIN?

Particularmente, prefiero que gane Obama. Pero, en cualquier caso, que no nos tengan días y días recontando los votos de Florida una y otra vez. Y quien dice Florida, dice Texas, Wisconsin o Ohio.

Que llegue a su fin. Ya. En serio.

30 oct. 2008

Meme (IV, creo): 50 preguntas

Hace un par de días Aïcha, de My Only Hope, me nominó a hacer un meme, bastante largo y bastante personal. Aquí van mis respuestas:

01. Nombre completo: Isabel
02. ¿Por qué te pusieron ese nombre? Mi abuela materna se llama Enriqueta y la paterna se llamaba Antonia. Las dos querían que me pusieran su nombre y para que ninguna de ellas se enfadara mis padres decidieron que ni uno ni el otro. ¡Doy gracias cada día por ello!
03. ¿Les pides deseos a las estrellas? No, la verdad. No acostumbro a pedir deseos. Siempre he pensado que si quiero algo tengo que currármelo, que lo que no consiga yo por mis medios nadie me lo dará.
04. ¿La última vez que lloraste? Umm... hace unos días me saltó alguna lagrimilla, pero no era llorar, llorar.
05. ¿Pan con qué? Pan con chocolate. Y cuando era pequeña pan con aceite y muchísimo azúcar. En casa de mi abuela, pan con vino y azúcar. ;)
06. ¿Te gustan los animales? Sí. Pero no para tenerlos prisioneros en un piso pequeño.
07. ¿Cuántos hijos tienes? De momento, ninguno.
08. ¿Colaboras con alguna ONG? Sí. Hace unos meses me hice socia de la ACNUR. Y antes lo había sido de Greenpeace, pero me dí de baja.
09. ¿Si fueras otra persona serías tu amigo? Claro. Si no me soportara a mí misma, mal iría, ¿no?
10. ¿Tienes un diario de vida? Bueno, tengo este blog, que es lo más parecido. Pero no sirvo para llevar diarios. De pequeña no había año en que no empezara alguno, pero mi madre y mi hermana me los encontraban siempre. Y yo me enfadaba, lloraba y los destruía.
11. ¿Eres sarcástica? Puedo serlo mucho. Pero intento serlo sólo con gente que entiende mis sarcasmos y me puede contestar de la misma manera. En caso contrario no me gustan ni sarcasmos ni ironías y prefiero decir las cosas tal y como son.
12. ¿Harías puenting? No, no, no y mil veces más no.
13. ¿Cuál es tu cereal preferido? No soy mucho de cereales. Sólo me gustan los All Bran de Kellogg’s, pero para que me los coma no tiene que haber nada más. De hecho, en casa no tengo.
14. ¿Te desabrochas los zapatos antes de sacarlos? Intento no hacerlo.
15. ¿Crees que eres fuerte? Físicamente, no. Tampoco soy una enclenque. Anímicamente, mentalmente, sí.
16. ¿Tu helado preferido? Gianduia con avellana, de una heladería italiana del barrio de Gracia, en Barcelona. Y si no, helado de turrón de Carte d’Or.
17. ¿Qué número calzas? 40-41
18. ¿Grupo de música preferido? Imposible decidirme. Hay demasiados.
19. ¿Qué es lo que menos te gusta de ti? Va a días, pero reconozco que si me lo propongo puedo ser muy insoportable, bastante lunática y de humor cambiante.
20. ¿A quién extrañas mucho? A alguien que hace mucho mucho mucho que no veo.
21. ¿Cuál ha sido la última película que has visto? “Quemar después de leer”, de los hermanos Coen. Un auténtico tostón infumable. Al menos, para mí.
22. ¿Qué color de pantalones y zapatos llevas puesto? Pregunta mal formulada. Hoy estreno pichi negro con camiseta roja debajo. Y como que hace mucho frío, botas.
23. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste el amor? Paso palabra...
24. ¿Qué estas escuchando en este momento? Hay la tele de fondo.
25. ¿La última persona con quien hablaste por teléfono? Con mi padre, hace un par de horas.
26. ¿Tu bebida favorita? Agua.
27. ¿Deporte favorito para ver por TV? Patinaje sobre hielo. Y atletismo. De todas formas, tengo que confesar que este verano me enganché bastante a los Juegos Olímpicos, y veía de todo.
28. ¿Comida favorita? No sé qué decir. Me gustan mucho muchas cosas: paella, croquetas de pollo caseras, bacalao...
29. ¿Final triste o feliz? Mejor que sea feliz, ¿no?
30. ¿Tienes mascotas? No. Bueno, en el blog, abajo de todo está “Boleta”. Era una gata que tuve hace muchos años.
31. ¿Día favorito del año? Hay varios que me gustan, especialmente el 23 de Abril, día de Sant Jordi. Pero también aquellos en que no tengo que trabajar –o que trabajo- pero que acabo disfrutando por alguna razón inesperada.
32. ¿Besos o abrazos? Depende. No soy nada besucona y no me gusta demasiado tener que dar dos besos para saludar a la gente, especialmente si no los conozco demasiado o son personas que no me van ni me vienen. Hay veces que me sale más y otras que menos. Ya sé, soy un poco arisca. Pero hay un motivo que lo explica...
33. ¿Eres una persona alegre? No soy la alegría de la huerta (quiero decir que no soy una de esas personas que exageran sus sentimientos hasta el punto que su estado alegre es muy poco creíble). Soy muy optimista y me sacudo de encima las preocupaciones a gran velocidad.
34. ¿Has viajado mucho? Yo creo que no. Me falta mucho mundo por ver y por volver a ver.
35. ¿Una fantasía sexual? Oscuridad, desconocido, silencio...
36. ¿ Cuál es la última comida que preparaste? ¿Poner al horno una empanada de atún congelada, sirve? Fue la cena de ayer. Por la tarde he hecho panellets, y mi cupo de cocina del día ya estaba lleno.
37. ¿Color favorito? El rojo.
38. ¿Qué viste anoche en la tele? Pues... estaba encendida, pero yo no la miraba. Estaba con el portátil e internet. Como ahora, de hecho.
39. ¿Algo que te haga perder los papeles? Ciertas injusticias. Tampoco soporto que la gente critique a gente que no conoce. Ni los comentarios generalistas que meten a todo un grupo en el mismo saco. Pero no acostumbro a perder los papeles.
40. ¿Dónde es lo más lejos que has estado de tu casa? Creo que en Abu Simbel, Egipto.
41. ¿Algo que te daría morbo de hacer? Paso palabra...
42. ¿Eres abierta a opciones sexuales como el sexo oral o anal? Puede... Hay momentos y momentos.
43. ¿Postre favorito? Brownie
44. ¿Un sitio para desaparecer? Yo me perdería por Italia.
45. ¿A qué animal le tienes más miedo? Miedo, a ningún animal. Bueno... a algunas personas.
46. ¿No te gustaria morir sin probar…? No me gustaría morir arrepintiéndome de lo que no he hecho.
47. ¿Alguna vez te pillaron haciendo el amor? No.
48. Tu nivel de paciencia de 0 a 10 es: 7. Pero depende.
49. ¿Qué libro estas leyendo? "La misteriosa llama de la reina Loana", de Umberto Eco. Me queda casi nada.
50. ¿Alguna vez tomaste drogas? No. Sólo alcohol.

Hay gente a la que nominaría para hacer el test, pero ya lo han hecho. Y otros que sé que están ya nominados. Así que no nomino a nadie. Eso sí, si a alguien le apetece hacer el meme, que lo haga. Sin dudarlo.

28 oct. 2008

Don't be evil

Recuerdo que cuando era pequeña –y, de hecho, también cuando no era tan pequeña- pasaba muchas tardes en la Biblioteca municipal. Siempre hacía los deberes allí. Cuando los terminaba, empezaba a leer algún libro que luego me llevaba a casa. Utilizaba las enciclopedias y los libros de consulta, y si necesitaba información sobre algo mucho más concreto, lo pedía; el bibliotecario llamaba a otras bibliotecas y preguntaba si lo tenían (aún no existían consultas online, funcionaban con fichas) y, si estaba en alguna otra Biblioteca de la Red, me llegaba al cabo de unos días.

Para mí, ir a buscar en los libros ha sido lo normal durante muchos años. Ahora, con Internet, mi forma de acceder a la información ha cambiado radicalmente. Pero aún recuerdo que existió esta otra forma de acceder al conocimiento, que, para según qué cosas, sigue siendo la más fiable.

La semana pasada acudí a una jornada que, a cargo de Joaquín Rodríguez y dentro del marco del festival de la literatura Kosmopolis, trataba sobre este tema. “La vida después de Google”, se llamaba. Y fue interesantísima. Se celebró el jueves, un día antes de la entrega de los Premios Príncipes de Asturias. Ese dato viene a cuento porque el viernes siguiente los creadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, recibieron el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación. Particularmente, creo que merecidísimo, porque Google es mucho más que un buscador y a través de los servicios que ofrece (Gmail, Youtube, AdSense, GoogleMaps…) es evidente que promueve la comunicación y facilita el acceso a la información.

El acceso a la información es un derecho básico en cualquier sociedad. Por supuesto, estoy refiriéndome al acceso libre a la información. Y por libre entiendo que no tiene que ser discriminatorio, ni estar censurado, ni ser de difícil acceso. Google facilita el acceso a la información. Y, esto, en principio es positivo. Pero se trata de un arma de doble filo que puede convertirse en peligrosa si no se sabe ser un poco crítico. El buscador de Google funciona mediante un algoritmo, de fórmula secreta guardada a cal y canto, y está continuamente rastreando la red. Nuestros criterios de búsqueda no siempre son precisos y acostumbramos sólo a entrar en las primeras páginas que nos salen después de la búsqueda. Mayoritariamente, en una o dos. En tres como máximo. Y no estamos nunca demasiado tiempo en ellas. Acostumbramos a creer lo poco que leemos y no nos lo cuestionamos. Eso es aún mucho más preocupante en la llamada Generación Google, formada por aquellos que nacieron después de 1993 y que han crecido junto con las tecnologías de la información (TIC). Prácticamente sólo conocen el acceso a la información a través de los medios electrónicos. Acceso fácil y rápido, para satisfacer unas necesidades inmediatas. Luego, el olvido. Lo peor de todo es que ese dominio que tienen de las TIC no es parejo a una mejor competencia informacional, a una mejor capacidad para gestionar el aluvión de información que reciben.

Google, como buscador más utilizado en el mundo, con millones de búsquedas diarias, y como empresa privada de gran valor económico que es, es susceptible de, en manos de algún desaprensivo –presumiblemente con dinero y poder, o sólo con poder-, ser manipulado. Y, de paso, manipularnos a nosotros porque nos ofrezca sólo alguna información y no otra. Nosotros, usuarios habituales de Google, nos la creeremos y no la pondremos en duda porque estamos acostumbrados a que no haya nada más. De hecho, sólo hace falta recordar la censura que hubo en China este pasado verano con los Juegos Olímpicos. Y Google lo consintió.

A pesar de todo, vale la pena recordar que el lema de Google como empresa es “Don’t be evil” (No seas malo). Esa es la premisa que deben aceptar todos sus trabajadores cuando empiezan a trabajar en la sede de la empresa en Silicon Valley. No manipules. Deja que fluya la información. No intervengas. Pero la posibilidad está allí. Y el precedente. Y el hecho de que Google almacene información sobre nosotros, sobre nuestras búsquedas más frecuentes, nuestras cookies… porque así le será más fácil darnos lo que queremos en posteriores búsquedas. Si se piensa fríamente, da un poco de miedo.

Además, si se habla de conocimiento –contraponiéndolo un poco al término información-, la cosa puede ser aún más preocupante. En principio, conocemos lo que recordamos. Sabemos sólo lo que somos capaces de recordar. En el siglo VII a.C., Sócrates negó la utilidad de la por aquel entonces recién inventada escritura, porque la veía como una enemiga de la memoria, del conocimiento. Si trasladamos al papel nuestro conocimiento, la memoria ya no trabaja y, por lo tanto, ya no conocemos. Sócrates se equivocaba, y, de hecho, sus enseñanzas han llegado a nuestro tiempo porque Platón, su discípulo, transcribió sus conversaciones a pesar de la empecinada voluntad en contra y del monumental enfado de su maestro.

Ahora nos encontramos en una disyuntiva parecida. Cada vez recordamos menos. Almacenamos más y más información –y conocimiento- en soportes digitales. Está allí, en elementos externos a nosotros, pero no en nuestra cabeza. ¿Quién recuerda ya datos como fechas de cumpleaños de amigos, números de teléfonos, direcciones…? Y si a esto se le suma lo que comentaba antes del acceso rápido a la información que proporciona Google en particular, e Internet en general, para su consumo inmediato, ya tenemos una visión completa de cuál puede ser la situación. Está bastante claro, ¿no? Internet nos atonta. Al menos si se utiliza de esta manera.

Evidentemente, Joaquín Rodríguez no abogaba por una vuelta a las cavernas. Ni yo tampoco. Pero está claro que hay que plantearse una vida, ya no sin Google ni sin las facilidades que nos proporciona Internet –además, eso no es posible, si no queremos caer en el mismo error de Sócrates-, sino al margen, más allá de Google. Además de Google, hay otras formas de acceder a la información y al conocimiento. El libro, como transmisor del conocimiento, sigue aquí y tiene mucha más autoridad, es más creíble, menos volátil y más fiable. Y las bibliotecas (Joaquín Rodríguez es bibliotecario) siguen aquí, con el mismo rol de almacenar el conocimiento y distribuir la información que siempre han tenido. Eso sí, teniendo en cuenta que las TIC les han hecho acreedores de un nuevo rol (distribuidores y generadores de la información, dinamizadores, guías digitales) y que tanto las bibliotecas como los usuarios disponemos de nuevos instrumentos que, utilizados con buen criterio, son de indudable utilidad y suponen un gran avance.