1 nov. 2007

A oscuras

Alejandro estaba nervioso. No quería ni reconocérselo a él mismo, pero el sudor que empapaba sus manos lo delataba. Tenía 45 años, y parecía un adolescente que se entregaba por primera vez a los placeres del sexo. Se había levantado nervioso, y aún lo estaba. De hecho, casi no había dormido, imaginando cómo serían los momentos de aquella extraña locura que estaba a punto de empezar a vivir.

Estaba tumbado, a oscuras, en una cama que no era la suya. Había llegado hacía sólo diez minutos en el apartamento que había buscado a toda prisa aquella mañana en las páginas del periódico. Había bajado las persianas, y cerrado las luces, de tal manera que la habitación quedara en la más absoluta penumbra.

Él había cumplido su parte del encargo, quedaba por ver si Inés cumpliría lo que le había prometido. Y tenía sus dudas. ¿No estaría jugando con él?. Temía que todo aquello fuera una broma de mal gusto a cargo de una chica demasiado joven para él. Él no jugaba con los sentimientos y deseos ajenos, y no le gustaba sentirse estafado en los suyos propios.

Faltaban aún quince minutos para la hora pactada. En el portal del edificio de apartamentos esperaba Jorge, gran amigo de Alejandro. Pensaba que aquello era una locura, y que Inés no iba a presentarse. Incluso dudaba de la existencia de la tal Inés. Y si existía, no era más que una loca amante del riesgo.

Jorge se equivocaba. Inés existía, y se dirigía ya a la cita. Caminaba deprisa, como era habitual en ella. Y tenía también sus propios temores. Alejandro acababa de llamarla desde el apartamento y le había descrito cómo iba vestido Jorge. Estaba más cerca que nunca de realizar su fantasía.

En el portal, Jorge vio como se acercaba una mujer. Supuso bién que era Inés. Era alta, morena, con unas piernas largas y unas caderas anchas. Inés también supo que él era Jorge. Jorge le dio las llaves del apartamento, y ella subió.

Alejandro seguía tumbado boca arriba en la cama de la habitación. A oscuras. Oyó cómo la llave se introducía en la cerradura y se abría la puerta. Oyó también los tacones de Inés, en el pequeño recibidor. De acuerdo con lo pactado, no abrió las luces. Dijo un simple “hola, soy Inés”. Y él la guió hasta la habitación con su voz... aquella voz que tanto le había gustado a Inés la primera vez que hablaron por teléfono.

Inés se acercó a la cama, y se tumbó al lado de Alejandro. Le acarició el rostro que nunca había visto. Resiguió sus pómulos, la forma de los labios... para hacerse una idea de cómo era aquel hombre. Estuvo unos minutos que parecieron horas, y que lograron erizar el vello de Alejandro, acariciándolo sólo con la punta de los dedos. Si el rostro de Alejandro no era cómo se había imaginado, o cómo deseaba, no dijo nada.

Él se moría de ganas de saber cómo era Inés. Poco a poco también le acarició el rostro. Los ojos. La nariz. Los labios. La barbilla. Como que Inés estaba recostada de lado, apoyándose sobre su brazo izquierdo, él se atrevió a bajar su mano hasta el cuello, para reseguir después la figura que dibujaba el hombro, y terminar recorriendo la línea curva que une cintura y cadera, y que tanto le gustaba de las mujeres. Inés le invitó a desnudarse. Y ella hizo lo mismo.

Sentados en la cama, fueron acariciándose lentamente, descubriendo mutuamente los rincones de cada trozo de piel del otro. Seguían sin verse, pero iban adivinando cómo era el otro, guiándose sólo por el sentido del tacto. Alejandro se acercó un poco más a Inés, y rozó sus labios. Ella volvió a tumbarlo boca arriba, y poco a poco, volvió a recorrer todo su cuerpo, esta vez con los labios.

Ambos estaban excitadísimos... Habían acordado intentar no hablar, y lo estaban cumpliendo. Pero hay veces en las que sobran las palabras, y ésta era una de estas ocasiones. Inés, que igual porque era más joven, era la más impaciente, tomó el miembro de Alejandro entre sus manos, y lentamente se lo introdujo dentro de ella. Y cabalgó. Cabalgó con un ímpetu y una pasión nada impropios en ella, hasta alcanzar el clímax. Se corrió a la vez que Alejandro lo hacía dentro de ella, y dejó caer su cabeza sobre el pecho de Alejandro.

Poco a poco, se habían ido acostumbrando a la oscuridad de la habitación. Y los ojos empezaban a confirmar lo que los dedos y los labios habían intuido mucho antes. Pero era sólo una imagen tenue. Y tanto Alejandro como Inés sabían que si se cruzaran en la calle no se reconocerían uno a otro.

Tal y como habían acordado, Inés se levantó. Recogió su ropa y se vistió. A oscuras. La despedida fue un breve beso que apenas rozó los labios de Alejandro. Lo último que oyó Alejandro de Inés fue el breve taconeo de los zapatos de ella en el recibidor y el suave golpe de la puerta al cerrarse detrás suyo. Abrió la luz, se vistió, y se marchó él también.

2 comentarios:

Rawal mon amour dijo...

Has vist Intimacy de Patrice Chereau?

Blaudemar dijo...

No, però acabo de buscar al google de què va i sí, el que jo he escrit suposo que seria com l'inici de la peli. Si la trobo al videoclub, l'agafaré.