19 oct. 2007

Los cuerpos duros







Ese relato tiene ya un par de años y está publicado en otra web en la que colaboré algún tiempo. He decidido recuperarlo para mi blog.




I

Hacía ya muchos años que Yolanda se miraba demasiado en los espejos. Tenía también la tendencia de mirar siempre su reflejo en los escaparates de las tiendas. Se examinaba el rostro un buen rato cada día. Tenía una gran belleza natural que no apreciaba. Su cuerpo era pequeño y proporcionado, pero no le gustaba. Le gustaban los elogios hacia su persona, y sobretodo, hacia su cuerpo, pero a pesar de gustarle, no los valoraba. Y se enfadaba, porque no se los creía.

Llegó el día en que no fue suficiente comprarse ropa cara, ni maquillarse divinamente, ni ir a la peluquería cada semana. Ese día decidió coger el dinero que tenía en la cuenta de su madre, de la que ella era la cotitular, por aquello que era hija única de padres separados y “por si pasara algo”, se entró ya en un punto de no-retorno. Cogió los ahorros de su madre, se operó la nariz y se hizo un aumento de pecho.

Cuando le retiraron las vendas se miró al espejo otra vez. A pesar de la hinchazón y de los morados, intuía el resultado, pero aquello seguía siendo insuficiente. A partir de entonces buscó desesperadamente novios ricos que le pagaran sus caprichos. Primero fueron los pómulos, luego los labios, una liposucción, otro aumento de pecho... Su cuerpo cambiaba, a medida que cambiaban también sus compañeros de cama y aumentaba su obsesión por el físico y por su apariencia. Le gustaba que la miraran, y despertar admiración era su objetivo. Notar las miradas de envidia de otras mujeres, le gustaba, y las de deseo de los hombres, la excitaban.

II

Sergio no se llamaba Sergio en realidad, pero cuando había empezado su cambio se había dado cuenta que llamarse José Antonio no cuadraba con el proyecto de hombre que él quería ser. Así que a partir de entonces pidió a todos sus conocidos que le llamaran Sergio. Sólo sus padres seguían llamándole José Antonio, pero como que cada vez iba menos a verles eso tampoco era tan importante.

Sergio se pasaba prácticamente todas sus horas libres en el gimnasio. Esculpía sus músculos poco a poco, y cada vez le gustaba más lo que veía. Controlaba las calorías y los alimentos que consumía, y la práctica lo había convertido en un experto calculador de las calorías de todo aquello que ingería. Su cuerpo creció. Se convirtió en un puro músculo, sin un gramo de grasa de más.

Todo lo que ganaba lo invertía en él mismo. Le gustaba la ropa cara. Y las cremas. Disfrutaba mirándose el rostro en el espejo. Y no soportaba tener ni un pelo en el cuerpo que escondiera aquello que tanto se había trabajado.

III

Aquella noche Yolanda estaba sola. Y de repente sintió deseos de sentirse admirada. Se esmeró en maquillarse, y tardó un buen rato en decidir qué ropa ponerse. Quería verse sexy, insinuar pero no enseñar. Resaltar sus curvas. Cuando terminó fue a un pequeño bar de copas que hacía poco habían inaugurado. Sabía que allí encontraría lo que buscaba: buena música y, sobretodo, hombres.

Sentada en la barra miraba con un desinterés simulado a su alrededor. Sabía que estaba llamando la atención. Ella era una tía buena. Era evidente que estaba sola. Y sabía que eso a veces asustaba a los hombres, pero no ese tipo de hombres que le gustaban. Sabía esperar, y esperaría. No saldría sola de aquel lugar.

Divisó a Sergio en cuanto entró. Y le gustó. Alto, fuerte e indudablemente atractivo. Sabía incluso que él tardaría un poco en aparentar saber de su existencia, pero sabía ya que él también se había fijado en ella.

Sergio había visto a Yolanda. Era imposible no verla en el lugar estratégico de la barra en que se había sentado. Y le gustaba, claro que sí. Una tía que se cuidaba, que vestía bien y que sabía lo que quería aquella noche.

Las suertes de los dos estaban echadas ya por aquella noche.

IV

Sergio estaba tumbado boca arriba sobre las sábanas de satén rojo de la cama de Yolanda. La tenue luz de las farolas de la calle se filtraba entre las cortinas e iluminaba la habitación. Estaba desnudo. Todo músculo. Duro. Yolanda se balanceaba encima de él. Sus pechos retocados, grandes, redondos y artificiales oscilaban al vaivén de sus movimientos. Sergio había tocado muchos pechos iguales, y le gustaban así, duros.

A Sergio le gustaba sentirse grande. Ser grande. Demostrar su enorme fuerza física trabajada en el gimnasio. Y a Yolanda le gustaba que la levantaran. Y que la follaran con fuerza. Sergio sabía todo eso, y Yolanda sabía que a él le gustaba dominar. Eso querían los dos.

Agotaron la noche. Dos cuerpos duros que se restregaban. Dos lenguas que exploraban orificios de un cuerpo ajeno. Dos pares de manos que acariciaban con frenesí al otro cuerpo compañero de aquella noche. Dos cuerpos entrelazados. Duros.

V

Y llegó la mañana. Y con ella otro nuevo día. Yolanda despertó. Sola de nuevo. El cuerpo algo magullado, pero aún duro. Y ya era hora de arreglarse de nuevo.

Sergio hacía ya rato que estaba en el gimnasio levantando pesas. Duro él también.

1 comentario:

Raval mon amour dijo...

m'agrada...
segueix, plis! :)